Capítulo 1
La Carta
Rechazo a 5 Alfas
Hace 10 años, Elara fue adoptada por el Alfa de la manada Stormfang para unirse a uno de sus 5 hijos. Pero los hermanos la traicionaron por los engaños de Jenny, una maliciosa sirvienta omega. En su fiesta de 18 años, Elara decide no callar más: rechaza públicamente a los 5 hermanos y anuncia su compromiso con el misterioso y poderoso príncipe lycan, Xavier Lockhart. Cuando los hermanos descubren la verdad e intentan recuperarla, ya es muy tarde. Elara ha encontrado en Xavier a su verdadera pareja, rompiendo su maldición mortal y dejando el pasado atrás.
Ver la serieTres millones de pesos huelen a tinta barata y a pan quemado.
Lo sé porque estoy sosteniendo la notificación con las mismas manos que acaban de sacar del horno la última charola de conchas, y el papel tiembla entre mis dedos como si también supiera que esto es una sentencia.
Leo la cifra otra vez. Y otra. Como si los ceros pudieran desaparecer si los miro con suficiente desprecio.
No desaparecen.
*Deuda solidaria por aval. Crédito mercantil número 7741-B. Saldo insoluto: $3,000,000.00 M.N. Titular original: Arturo Espino Cabrera.*
Papá.
Su nombre impreso ahí, en tipografía corporativa, sin acento, sin alma. Como si no fuera el mismo hombre que me enseñó a trenzar la masa del roscón a los seis años. Como si no fuera el hombre que perdió todo —absolutamente todo— y después se fue a perder lo único que le quedaba: él mismo.
Me recargo contra el mostrador. El mosaico de talavera está frío a través de la tela de mi delantal, y ese contacto me ancla justo lo necesario para no gritar.
Porque quiero gritar.
La panadería está vacía. Son las cinco de la mañana en la colonia Americana de Guadalajara y los primeros clientes no llegarán hasta las seis treinta. Solo estamos yo, el olor a piloncillo derretido y este papel que acaba de partirme la vida en dos.
Sigo leyendo.
*Se le requiere presentarse en un plazo no mayor a 72 horas en las oficinas de la entidad acreedora: Hacienda Los Abismos, Municipio de Arandas, Jalisco, para negociar las condiciones de liquidación. En caso de no comparecer, se procederá al embargo preventivo de los bienes asociados al aval, incluyendo el inmueble comercial registrado como Panadería La Espiga de Oro.*
La Espiga de Oro.
Esta panadería. Estos muros que huelen a mi abuela. Este horno que todavía conserva la marca de mis dientes de leche en la esquina de la puerta porque a los cuatro años mordí el metal creyendo que era chocolate.
Van a quitármela.
El papel se arruga entre mis puños antes de que pueda evitarlo. Lo aliso sobre el mostrador con las palmas, despacio, como si estuviera pidiéndole perdón a la evidencia.
Hacienda Los Abismos. He oído ese nombre exactamente una vez: en la última pelea que mis padres tuvieron antes de que mamá hiciera sus maletas. Papá lo repitió como quien nombra un precipicio.
*No sabes con quién te estás metiendo, Lucía. Esa gente de Los Abismos no negocia. Esa gente cobra.*
Y ahora me están cobrando a mí.
Dejo la carta sobre la barra y me miro las manos. Harina bajo las uñas, una quemadura reciente en el nudillo del pulgar, callos donde la piel debería ser suave. Manos de panadera. Manos de mujer que aprendió temprano que si quieres comer, horneas. Si quieres techo, horneas. Si quieres que el mundo no te trague, horneas más fuerte.
Pero no puedo hornear tres millones de pesos.
Me quito el delantal. Lo cuelgo en el gancho detrás de la puerta —el mismo gancho de hierro forjado que usaba mi abuela— y el gesto se siente como una despedida.
No. Todavía no.
Saco el celular del bolsillo trasero de mis jeans. Busco "Hacienda Los Abismos" en el navegador. La señal tarda. Guadalajara a las cinco de la mañana tiene el wifi de un suspiro.
Tres resultados. Una mención en un artículo sobre destilerías artesanales de los Altos de Jalisco. Una foto satelital borrosa: hectáreas de algo azul-grisáceo que podría ser agave o podría ser el fin del mundo. Y un enlace roto que dice *Grupo Solares — Inversiones Privadas*.
Solares.
El apellido no me dice nada. Debería. Más tarde entenderé que ese apellido ya estaba escrito en cada grieta de mi historia, pero ahora mismo solo es una palabra en una pantalla rota.
Cierro el navegador.
Setenta y dos horas. Tres días para decidir si me presento ante desconocidos que compraron la deuda de mi padre o si dejo que me arranquen lo último que tengo.
No es una decisión. Es una trampa con dos puertas que dan al mismo pasillo.
Recojo la carta, la doblo en tercios exactos —porque si algo me enseñó la quiebra de papá es que el caos se combate con dobleces precisos— y la guardo en el bolsillo del delantal que acabo de colgar. Luego me doy cuenta de lo que hice: guardé la sentencia en la misma tela que huele a vainilla y a levadura.
Como si pudiera domesticar la deuda metiéndola entre cosas dulces.
Me río. Es una risa corta, seca, que sabe a bicarbonato.
A las seis y cuarto, don Roque, mi primer cliente de cada mañana, golpea el cristal con los nudillos. Le abro. Le doy su bolillo y su café de olla sin cobrarle, como siempre. Él me mira con esa ternura vieja de quien sabe que algo se rompió pero no pregunta.
—Te ves pálida, Renatita.
—Dormí mal —miento, y la mentira me sale tan limpia que me da asco.
Cuando se va, saco otra vez la carta. Releo la dirección.
*Hacienda Los Abismos. Camino a San Ignacio Cerro Gordo, kilómetro 37, sin número. Municipio de Arandas, Jalisco.*
Kilómetro 37. Sin número. Sin nombre en Google. Sin señal, probablemente. El tipo de lugar al que vas y del que no necesariamente regresas igual.
Pero la alternativa es quedarme aquí, esperando a que un actuario pegue un aviso de embargo en la puerta donde mi abuela colgó la primera Virgen de Zapopan.
No.
Abro el cajón del mostrador. Cuento los billetes de la caja: cuatro mil trescientos pesos. Suficiente para gasolina y para llegar. No suficiente para nada más.
Guardo el dinero en la riñonera que uso debajo de la sudadera. Apago el horno. El metal cruje al enfriarse y suena exactamente como crujen las casas cuando alguien se va.
Escribo una nota para Lupe, mi ayudante: *Regreso en dos días. Si no regreso en tres, llama al licenciado Mora.*
No explico más. No tengo más que explicar.
A las siete de la mañana, subo a la camioneta de papá —una Ford Ranger del 2009 que arranca tosiendo como viejo fumador— y pongo rumbo a los Altos de Jalisco.
El sol sale naranja y violento sobre la carretera, y Guadalajara se queda atrás como se quedan las cosas que ya no puedes proteger.
No sé quién me espera en la Hacienda Los Abismos.
Pero a la altura del kilómetro 22, cuando la señal del celular muere sin aviso y los campos de agave empiezan a tragarse el horizonte, encuentro algo en el reverso de la carta que no había visto.
Una línea manuscrita. Tinta negra. Caligrafía de bisturí —cada letra cortada con intención quirúrgica.
*«Tu padre ya pagó con lo que tenía. Tú pagarás con lo que eres.»*
Y debajo, una sola inicial:
*D.*
"La nota manuscrita con la inicial D. revela que detrás de la deuda hay una voluntad personal, no corporativa — alguien que conoce a Renata y tiene un plan específico para ella."
Capítulo 1 terminado
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