Capítulo 1
Carrozas y Cadenas
Rechazo a 5 Alfas
Hace 10 años, Elara fue adoptada por el Alfa de la manada Stormfang para unirse a uno de sus 5 hijos. Pero los hermanos la traicionaron por los engaños de Jenny, una maliciosa sirvienta omega. En su fiesta de 18 años, Elara decide no callar más: rechaza públicamente a los 5 hermanos y anuncia su compromiso con el misterioso y poderoso príncipe lycan, Xavier Lockhart. Cuando los hermanos descubren la verdad e intentan recuperarla, ya es muy tarde. Elara ha encontrado en Xavier a su verdadera pareja, rompiendo su maldición mortal y dejando el pasado atrás.
Ver la serieMe vendieron un martes.
No con cadenas ni con gritos — eso habría sido más honesto. Me vendieron con tinta notarial, con un sello que olía a lacre tibio y con la firma de mi padre temblando al final de una página que nunca me dejaron leer.
Ahora el todoterreno negro frena sobre grava blanca y el sonido me recorre la columna como dientes arrastrándose por hueso. Afuera, el calor de Omán golpea el cristal tintado y deforma el paisaje: acantilados de roca caliza cortados a cuchillo contra un cielo tan azul que parece vengativo. Detrás quedaron tres horas de desierto sin una sola torre de señal, sin un pueblo, sin un semáforo que me recordara que el mundo civilizado sigue existiendo.
El guardia a mi derecha —hombros de toro, pistola bajo la axila que cruje cada vez que respira— abre la puerta sin mirarme. El aire entra como una bofetada seca: arena, salvia quemada y algo dulce que no identifico. Incienso, quizá. El tipo de incienso que se prende para disfrazar lo podrido.
Bajo del vehículo y mis zapatos —los únicos que me dejaron conservar, unas bailarinas de cuero gastado que compré en un mercadillo de Sevilla hace dos veranos— se hunden en la grava con un crujido obsceno. Levanto la vista.
Dar Al-Sahra.
No es un palacio. Es una boca abierta en la montaña.
La fortaleza trepa por el acantilado como si la hubieran tallado desde dentro, sacándola a mordiscos de la roca viva. Arcos altísimos, muros de piedra color miel que absorben el sol del atardecer y lo devuelven convertido en oro enfermo. Hiedra reseca colgando de balcones que nadie usa. Torres de vigilancia donde algo —alguien— se mueve detrás de celosías de madera oscura. Y en el centro, una puerta de cedro con remaches de bronce tan grandes como mi puño, entreabierta apenas lo justo para dejar claro que no estoy invitada.
Estoy esperada.
Hay una diferencia.
—Señorita Soler.
La voz me llega antes que el hombre. Monocorde, sin emoción, como si leyera una sentencia de muerte en un idioma que ya no le importa. El mayordomo aparece desde la sombra del arco principal: espalda de regla militar, bigote recortado al milímetro, uniforme oscuro que no tiene una sola arruga. Sus ojos me recorren de las bailarinas al pelo suelto y encuentran ambos insuficientes.
—Ahmad al-Mansouri —dice, y no es una presentación; es un inventario de quién manda aquí—. Sígame.
No me ofrece la mano. No me ofrece agua. En un país donde cuarenta y siete grados es el saludo de la tarde, eso es un mensaje más claro que cualquier contrato.
Camino detrás de él. Los guardias caminan detrás de mí. El orden de la procesión me dice todo lo que necesito saber sobre mi lugar en la cadena alimenticia.
Dentro, el palacio respira frío. Las paredes de piedra absorben el ruido de mis pasos y lo devuelven convertido en eco húmedo, como si la fortaleza me estuviera tragando despacio. Pasillos largos con arcos tallados a mano, lámparas de hierro forjado que arrojan sombras en forma de jaula sobre el suelo de mosaico. Una fuente murmura en algún patio invisible, agua cayendo sobre piedra con esa cadencia mansa que tienen las cosas que llevan siglos sin necesitar permiso para existir.
Huele a oud. A cuero tratado. A rosas viejas pudriéndose con elegancia entre la roca.
El lujo es real y es repugnante. Seda en las paredes, oro en los marcos, una alfombra persa bajo mis pies que probablemente vale más que toda la deuda de mi padre. Esa deuda. La cifra que nunca me dijeron. El agujero negro que se tragó mi nombre y escupió un número de contrato.
Ahmad se detiene frente a una mesa baja de mármol. Sobre ella, una carpeta de cuero marrón con un cierre metálico. La abre con dedos de cirujano. Saca un documento. Lo sostiene a la distancia exacta para que yo pueda leer el membrete pero no los párrafos.
—Según el acuerdo firmado entre la firma Casa Varela y el patrimonio Al-Rashid —empieza, y su voz no varía ni un semitono—, usted ha sido transferida como parte de una liquidación de deuda registrada bajo jurisdicción privada. No se le permite conservar documentación personal, dispositivos de comunicación ni objetos vinculados a su identidad legal previa.
Cada palabra cae como un clavo.
—El palacio opera bajo sus propias normas contractuales —continúa—. Sus movimientos, horarios y acceso a las áreas del complejo serán determinados por la administración de la casa. Cualquier intento de contacto exterior será considerado violación del acuerdo y activará las cláusulas de penalización que afectan a terceros vinculados.
Terceros vinculados.
Tomás.
Mi hermano. Mi hermano de veintidós años que no sabe que existo en este lado del mapa, que probablemente sigue llamando al teléfono que ya no tengo, que es la única razón por la que no le arranqué esa carpeta de las manos y corrí hacia la puerta.
Trago saliva. Sabe a polvo y a derrota.
—¿Tengo derecho a preguntar algo? —Mi voz sale más firme de lo que merezco.
Ahmad cierra la carpeta. El clic del metal suena como un cerrojo.
—Tiene derecho a lo que se le conceda.
Guarda el documento. Se alisa la solapa. Y entonces dice la frase que me clava los pies al mosaico milenario de este palacio que huele a flores muertas y a dinero sucio:
—Su habitación ha sido preparada en el ala oeste. Mañana a las siete se le comunicarán las reglas de la casa. Esta noche, descanse.
Se da la vuelta. Los guardias se apartan. Y yo me quedo sola en un pasillo de piedra fría, con una fuente cantando en algún lugar que no veo, sin teléfono, sin pasaporte, sin nombre.
Pero con los puños cerrados.
Y entonces lo escucho: pasos lentos detrás de mí. No los de Ahmad. No los de los guardias. Pasos que no tienen prisa porque la prisa es un lujo de quienes no poseen el tiempo de otros.
Me giro.
Al fondo del pasillo, donde la luz de las lámparas se rinde y empieza la sombra, hay un hombre de pie. Inmóvil. Mirándome.
No distingo su rostro.
Pero distingo el brillo de un anillo negro en su mano izquierda, girando despacio entre sus dedos, y el olor —oud quemado, cuero, algo metálico— me alcanza antes que su voz.
"Karim aparece como una silueta al fondo del pasillo, identificable solo por el anillo de ónix negro y su olor inconfundible, observando a Lena en silencio."
Capítulo 1 terminado
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