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Pecado en Santorini

Cap. 1 de 80

Capítulo 1

Casa en Caldera

Velvet Reels · Nuevo

Rechazo a 5 Alfas

Hace 10 años, Elara fue adoptada por el Alfa de la manada Stormfang para unirse a uno de sus 5 hijos. Pero los hermanos la traicionaron por los engaños de Jenny, una maliciosa sirvienta omega. En su fiesta de 18 años, Elara decide no callar más: rechaza públicamente a los 5 hermanos y anuncia su compromiso con el misterioso y poderoso príncipe lycan, Xavier Lockhart. Cuando los hermanos descubren la verdad e intentan recuperarla, ya es muy tarde. Elara ha encontrado en Xavier a su verdadera pareja, rompiendo su maldición mortal y dejando el pasado atrás.

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La buganvilia se está muriendo y nadie en esta casa tiene el coraje de arrancarla.

Llevo tres mañanas regándola con agua que necesitamos para cocinar, y aun así las hojas se enroscan como puños diminutos, moradas por fuera, secas por dentro. Igual que todo lo demás en la villa Constantinou: hermoso desde el acantilado, podrido si te acercas lo suficiente.

—Irene, el café de tu padre.

Eleni aparece en el umbral de la cocina con el pelo todavía húmedo y esa sonrisa que tiene últimamente, la de alguien que cuenta los días hacia algo luminoso. Veintisiete días. Eso dice el calendario que colgué junto a la alacena, con los números tachados en rojo como heridas que van cerrando. Veintisiete días para la boda que va a salvar esta casa del despeñadero.

La boda de mi hermana menor.

Con un hombre al que ninguna de las dos ha visto más de tres veces.

—Ya voy —digo, y mi voz suena exactamente como debe sonar: firme, útil, sin fisuras.

Preparo el café griego en el briki de cobre que era de mi abuela, el mismo que mamá dejó sobre la estufa la mañana en que se fue. Tres cucharadas, azúcar justa, fuego bajo. Lo revuelvo con la paciencia de quien aprendió que cuidar es un idioma y yo soy la única traductora que queda.

Papá está en la terraza. Siempre está en la terraza desde que las piernas le fallaron y el orgullo le falló peor. La caldera de Santorini se extiende frente a él como una boca volcánica abierta al Egeo, y a esta hora de julio el agua es tan azul que duele, un azul que parece inventado para turistas que no saben que debajo hay fuego dormido.

—Tu café, papá.

Dimitris Constantinou recibe la taza sin mirarme. Sus dedos tiemblan. Hace un año esas manos firmaban contratos de exportación de vino; ahora apenas sostienen la porcelana.

—¿Llamó Throne? —pregunta.

Throne. La palabra cae en la terraza como una moneda en un pozo seco.

—Todavía no.

—Tiene que llamar. El plazo de los acreedores...

—Lo sé, papá.

Lo sé mejor que él. Encontré las cartas que escondía bajo el colchón hace cuatro meses: tres avisos de embargo, dos citaciones bancarias, un cálculo garabateado en el reverso de una servilleta donde sumaba deudas que superaban el valor de esta villa por un factor de tres. El acuerdo con Alexis Throne —la boda, la fusión de apellidos, la inyección de capital— es lo único que mantiene a los acreedores a distancia.

Y Eleni es el precio.

Me trago eso cada mañana con el primer sorbo de café, tan amargo que ya ni lo siento.

—Voy al pueblo por las telas para los manteles —anuncio—. Si llama, que Eleni tome el mensaje.

—Eleni no sabe tomar mensajes. Eleni no sabe...

—Eleni va a casarse en veintisiete días, papá. Déjala practicar.

Bajo por la escalera tallada en la roca volcánica, esa que conecta la villa con el sendero de Imerovigli. Cada peldaño tiene doscientos años y la textura de una promesa rota: bordes suaves donde generaciones de Constantinou gastaron la piedra con sus idas y vueltas. El viento meltemi me golpea a mitad del descenso, caliente, salado, con olor a tomillo silvestre y a diésel de los ferrys que cruzan allá abajo.

Desde aquí puedo ver tres barcos de la naviera Throne. Los reconozco por el casco negro con la franja dorada, por la forma en que cortan el agua como si el mar les debiera permiso. Controlan la ruta entre Atenas y las Cícladas, y la mitad de los negocios de esta isla dependen de que esos barcos sigan navegando. Incluido el nuestro.

Incluida mi hermana.

En la panadería de Fira, Soula —la mujer del panadero, no mi tía— me aprieta el brazo mientras envuelve el pan.

—¿Escuchaste, Irene? Dicen que hay problemas con Throne. Algo de los muelles en Pireo. Inspecciones, retrasos.

—Rumores —respondo, y sonrío con la boca que heredé de mamá: amplia, convincente, completamente vacía.

—No son rumores, niña. Mi cuñado trabaja en la aduana. Dos barcos están retenidos desde el lunes. Si la naviera se para...

Soula deja la frase flotando. No necesita terminarla. Si la naviera se para, el acuerdo matrimonial se evapora. Si el acuerdo se evapora, los acreedores ejecutan. Si los acreedores ejecutan, la villa Constantinou —cuatro generaciones de cal y piedra y terquedad griega colgando del borde de un volcán— se convierte en un hotel boutique para extranjeros que beben Aperol Spritz donde mi padre tomaba su café.

Subo con el pan y las telas apretadas contra el pecho como si fueran órganos trasplantados. El sol de mediodía convierte las paredes blancas de Imerovigli en espejos que ciegan, y el sudor me baja por la espalda trazando un mapa de todas las cosas que cargo y no puedo soltar.

Encuentro a Eleni en la capilla abandonada, la que está detrás de la villa, con el techo medio derrumbado y un icono de la Virgen tan descolorido que parece estar desapareciendo por voluntad propia. Mi hermana está sentada en el único banco que queda, con la tela del vestido de novia extendida sobre las rodillas, pasando los dedos por el encaje como quien lee braille.

—¿Estás bien? —pregunto.

—Estoy contando los hilos. —Levanta la mirada. Tiene los ojos de papá, oscuros y demasiado grandes para su cara—. Irene... ¿alguna vez te preguntaste si una persona puede querer a alguien que no conoce?

Me arrodillo frente a ella. Le acomodo un mechón detrás de la oreja. Y miento.

—Claro que sí. Pasa todo el tiempo.

No pasa. Lo sé. Pero la verdad es un lujo que los Constantinou no podemos pagar este mes.

Regreso a la terraza a recoger la taza de papá cuando el ruido sube desde el camino. Motor pesado, llantas sobre grava volcánica. Un sonido que no pertenece a este pueblo de burros y scooters.

Me asomo por el borde.

Un auto negro —obscenamente negro, negro de funeral, negro de dinero que no necesita explicarse— se detiene donde termina el sendero y empieza el precipicio.

La puerta se abre.

Y sale un hombre que mide más que el marco, con las mangas arremangadas hasta los codos y unas manos que podrían sostener esta casa entera o demolerla con igual facilidad.

Alexis Throne ha llegado a Santorini veintiséis días antes de lo previsto.

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"Alexis Throne llega a Santorini veintiséis días antes de lo esperado, rompiendo todos los planes de Irene."

Capítulo 1 terminado

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