Capítulo 1
Llegada y Rutina
Rechazo a 5 Alfas
Hace 10 años, Elara fue adoptada por el Alfa de la manada Stormfang para unirse a uno de sus 5 hijos. Pero los hermanos la traicionaron por los engaños de Jenny, una maliciosa sirvienta omega. En su fiesta de 18 años, Elara decide no callar más: rechaza públicamente a los 5 hermanos y anuncia su compromiso con el misterioso y poderoso príncipe lycan, Xavier Lockhart. Cuando los hermanos descubren la verdad e intentan recuperarla, ya es muy tarde. Elara ha encontrado en Xavier a su verdadera pareja, rompiendo su maldición mortal y dejando el pasado atrás.
Ver la serieLa primera luz de Milán entra al taller como agua sucia, y yo ya llevo dos horas raspando seiscientos años de hollín del rostro de un ángel.
Es lo que hago. Es lo que soy. La mujer que devuelve las caras a las paredes de Sant'Ambrogio.
El bisturí me tiembla un milímetro y lo apoyo en la bandeja antes de que mi pulso arruine lo que el siglo XII tardó tanto en confiarme. Respiro. Cuento azulejos del piso —diecisiete enteros, tres rotos, uno que alguien reemplazó en los años setenta con un tono que no combina y que nadie más nota—. Esa es mi terapia: contar lo que no encaja y dejarlo encajar igual.
—Lía, ¿café? —grita Marta desde la puerta, sin asomarse. Mi asistente sabe que no me gusta que invadan la luz cuando trabajo.
—Después. Gracias.
Después. Siempre después. Mi madre decía que yo nací con el verbo "esperar" tatuado en la lengua. Y mi padre, las pocas veces que volvía a casa, decía que eso era una virtud. Entre los dos me partieron la voz como se parte el pan: trozos para cada uno, ninguno para mí.
Mediar. Esa fue mi infancia. Bajar el volumen de mi madre cuando él entraba; subir el de él cuando ella amenazaba con irse. Tragarme la rabia hasta sentirla bajar como una moneda fría por el esófago. Cancelar el cumpleaños propio para no incomodar el luto ajeno. A los nueve años ya sabía que pedir era una forma vulgar de existir.
Ahora tengo treinta y un años, un taller con goteras encantadoras en Vicolo dei Lavandai, y un ángel que necesita su ojo izquierdo. El derecho lo terminé ayer. Lo miro y él me mira a mí —medio ciego, medio agradecido, esa mezcla rara que tienen los santos restaurados—.
—Paciencia —le digo en voz baja—. Yo también voy por mitades.
El pigmento azurita está caro este mes. No importa. Lo que ahorro en cenar lo gasto en lapislázuli molido, y eso me parece un trato honesto con el universo. Mejor alimentar a un ángel del 1100 que a una mujer que de todas formas no sabe lo que tiene hambre.
Destapo el frasco. El olor mineral —piedra mojada, metal dulce, algo casi sagrado— me ancla. Mezclo con yema de huevo, una gota de vinagre, la proporción exacta que aprendí en Florencia y que llevo en los dedos como otras llevan rosarios. Aplico. Respiro. Aplico.
Es entonces cuando lo veo.
El periódico de ayer, doblado bajo el termo, con una esquina amarilleando bajo la luz oblicua. Lo dejé ahí sin leer; Marta los compra por costumbre y yo los uso de mantel para los pinceles. Pero hoy una foto se asoma desde el pliegue, y la foto tiene una cara de mujer.
La saco. La aliso con el canto de la mano.
*Hallada en el Naviglio Grande.* Tres columnas. Una mujer joven, morena, ojos grandes. La encontraron flotando boca abajo a la altura del puente de Vicolo Privato, entre dos barcazas. La policía habla de "caída accidental". Los vecinos hablan de otra cosa. La nota no precisa qué.
Leo dos veces. La tercera no la termino.
No la conozco. No tengo razón para que el frío me suba por las muñecas como si me hubieran metido los brazos en el canal con ella. Pero hay algo en su sonrisa de archivo —esa sonrisa de foto de pasaporte, esa sonrisa que se pone porque te lo piden— que reconozco. La reconozco como reconozco mi propio reflejo cuando me pillan distraída: la sonrisa de quien aprendió temprano a no molestar.
Doblo el recorte. Lo guardo bajo el frasco de azurita, donde no lo pueda ver pero sepa que está.
Una sombra cruza el ventanuco que da al callejón.
Levanto la cabeza tan rápido que el cuello cruje. No hay nadie. Por supuesto que no hay nadie: es un callejón estrecho, los repartidores pasan, los gatos también, la niebla de octubre arrastra siluetas que no son de nadie. Me lo digo en voz alta:
—Es la niebla, Lía.
Mi voz suena a niña obediente.
Vuelvo al ángel. Le pinto el iris despacio, con esa concentración que es lo más parecido a la oración que conozco. Cuando termino, el ojo me mira de vuelta. Esta vez completo. Esta vez con opinión.
—Bueno —le murmuro—. Ya somos dos.
Me lavo las manos en el grifo de hierro. El agua sale fría, con sabor a cañería vieja, y me alivia las cutículas que llevan tres días en carne viva. Marta entra por fin con el café que ya no quiero pero que acepto porque negárselo sería pedir, y pedir no.
—Hay un sobre para ti —dice—. Lo dejaron en la puerta. Sin sello, sin nombre.
—¿De quién?
—Si tuviera nombre te lo habría dicho.
Me lo extiende. Papel grueso, color hueso, del que se usa para invitaciones que no se rechazan. Mi nombre escrito a mano, en tinta negra, con una caligrafía que aprieta las letras como si tuviera miedo de que se le escaparan: *Lía Orozco.*
Lo abro con el bisturí, porque es lo que tengo más cerca y porque mis dedos no quieren tocarlo directamente.
Dentro, una sola tarjeta. Cuatro palabras, centradas, sin firma:
*Hoy no salgas sola.*
Y debajo, más pequeño, casi como una posdata escrita por otra mano:
*Yo ya estoy contigo.*
"Una tarjeta sin firma con caligrafía apretada le ordena a Lía no salir sola, y añade que alguien —invisible— ya está con ella."
Capítulo 1 terminado
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