Capítulo 1
El Peso del Nombre
Rechazo a 5 Alfas
Hace 10 años, Elara fue adoptada por el Alfa de la manada Stormfang para unirse a uno de sus 5 hijos. Pero los hermanos la traicionaron por los engaños de Jenny, una maliciosa sirvienta omega. En su fiesta de 18 años, Elara decide no callar más: rechaza públicamente a los 5 hermanos y anuncia su compromiso con el misterioso y poderoso príncipe lycan, Xavier Lockhart. Cuando los hermanos descubren la verdad e intentan recuperarla, ya es muy tarde. Elara ha encontrado en Xavier a su verdadera pareja, rompiendo su maldición mortal y dejando el pasado atrás.
Ver la serieEl sobre llegó un domingo.
No debería haber llegado un domingo. Los domingos no existen en el mundo editorial, eso lo sabe cualquier escritora que haya pasado seis meses enviando manuscritos al vacío. Pero ahí estaba, deslizado por debajo de la puerta de mi departamento en Palermo con una precisión casi quirúrgica, como si alguien hubiera calculado exactamente el momento en que yo estaría descalza, con el café todavía hirviendo y la guardia completamente abajo.
El membrete era negro. Austero. Dos palabras en relieve que se sintieron en las yemas de mis dedos antes de que mis ojos las procesaran: Editorial Duarte.
Se me cayó el café.
No metafóricamente. El vaso golpeó el piso de madera y el café se derramó en arco perfecto sobre mis pies descalzos, caliente, y yo no me moví. Me quedé ahí parada con el sobre entre las manos y el líquido enfriándose entre mis dedos del pie porque mi cerebro había decidido que procesar esas dos palabras era infinitamente más urgente que el dolor físico.
Editorial Duarte no publicaba a mujeres.
Todo el mundo en el circuito literario de Buenos Aires lo sabía. Nadie lo decía en voz alta en las presentaciones de libros ni en los talleres ni en los foros, pero lo sabíamos. Era uno de esos secretos que circulan en susurro entre autoras en los baños de las ferias, uno de esos hechos que existen en el espacio incómodo entre la política editorial y algo que todavía nadie se ha atrevido a nombrar correctamente. Seis años sin publicar ficción escrita por mujeres. Seis años exactos, si contabas bien.
Yo siempre contaba bien.
Abrí el sobre de pie, con los pies pegajosos y el corazón haciendo algo raro, algo fuera de ritmo, como cuando una canción cambia de compás sin avisarte. La carta era breve. Tres párrafos. La firma al pie, a mano, en tinta azul oscuro que se había corrido muy ligeramente en la erre final como si el bolígrafo hubiera presionado demasiado fuerte.
*Señorita Bravo: Su manuscrito llegó a mi escritorio por error. Lo leí por lo mismo. No voy a fingir que no lo terminé.*
Tuve que releer esa última oración cuatro veces.
*Me gustaría reunirme el lunes. Once de la mañana. La dirección está en el membrete. No es una invitación abierta — si no aparece, no insistiré.*
*M. Duarte.*
Ni siquiera había puesto el nombre completo. Solo la inicial y el apellido, como si el nombre propio fuera un lujo innecesario para alguien que obviamente ya sabía quién era.
Dormí tres horas esa noche.
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San Telmo olía a lluvia reciente y a medialunas de la panadería de la esquina cuando llegué diez minutos antes de las once. Me detuve frente al local y respiré. El cartel era pequeño, casi discreto, negro sobre bronce, y la puerta de madera oscura tenía una mirilla de vidrio biselado que refractaba la luz de la mañana en pequeños arcoíris sobre el adoquín mojado. Hermoso, pensé. El tipo tiene buen gusto para los espacios, al menos.
Empujé la puerta.
El interior olía a papel viejo y a café de filtro, esa combinación específica que no existe en ningún Starbucks del mundo, que solo se da en lugares donde los libros llevan décadas acumulando humedad y las personas que los leen llevan décadas acumulando opiniones. Había estanterías hasta el techo, una recepcionista que levantó la vista y dijo *Lúa Bravo* más como confirmación que como pregunta, y un pasillo angosto que terminaba en una puerta entreabierta.
La recepcionista no me acompañó. Solo señaló.
Caminé por ese pasillo con los pulmones un poco más pequeños de lo normal.
La puerta cedió con un empuje suave y lo vi antes de que él me viera a mí, o eso creí. Estaba de espaldas, mirando una de las estanterías, con una mano levantada como si hubiera estado a punto de tomar un libro y se hubiera detenido. Ancho de hombros. Una camisa oscura, sin planchar pero no descuidada, con las mangas dobladas hasta el codo. Y las manos.
Dios mío, las manos.
Grandes. Con manchas de tinta en los nudillos, exactamente como había escuchado. Un anillo de plata en el pulgar de la mano derecha que giró, una sola vez, mientras él seguía mirando la estantería sin darse vuelta.
Sabía que yo estaba ahí.
—Cierre la puerta —dijo. Voz grave. Tan contenida que tuve que concentrarme para escucharla bien, como cuando bajas demasiado el volumen de algo que vale la pena oír.
Cerré la puerta.
Se dio vuelta.
Hubo un segundo, solo uno, en que sus ojos encontraron los míos y el tiempo hizo esa cosa extraña que hace a veces, esa contracción súbita que convierte un instante en algo que dura mucho más de lo que debería. Ojos oscuros. Casi negros. Que no parpadearon.
Sentí calor en el cuello antes de que él dijera una sola palabra más. Calor que no tenía nada que ver con la temperatura de la habitación y todo que ver con la forma en que esa mirada se quedó fija, sin disculparse, sin moverse, como si leerme fuera algo que había empezado hace rato y no tenía intención de interrumpir.
—Siéntese, Lúa Bravo —dijo, y pronunció mi nombre completo como si ya hubiera decidido algo sobre él.
Sobre mí.
Me senté. Y mientras lo hacía, mientras él cruzaba la habitación hacia su escritorio y yo intentaba recordar cómo funcionaban mis pulmones, noté lo que había sobre la madera oscura entre los dos.
Mi manuscrito. Con anotaciones en los márgenes. Decenas de ellas, en tinta azul, apretadas y verticales, llenando cada espacio en blanco.
Alguien había leído cada página como si le fuera algo en ello.
—Tiene un problema en el tercer acto —dijo Martín Duarte, y abrió el manuscrito en una página marcada sin mirarme, como si la conversación ya llevara veinte minutos de ventaja sobre mí—. Y lo sabe.
Tenía razón.
Lo que no esperaba era lo que sentí cuando lo dijo: no ofensa, no miedo.
Hambre.
"Martín Duarte acaba de señalar el defecto exacto que yo había enterrado en ciento cuarenta páginas de prosa cuidadosamente construida para que nadie lo encontrara — y la pregunta que me quema por dentro no es cómo lo vio, sino cuánto más está viendo ahora mismo mientras me mira."
Capítulo 1 terminado
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