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Dos Pieles en Turín

Cap. 1 de 26

Capítulo 1

Máscara de Día

Velvet Reels · Nuevo

Rechazo a 5 Alfas

Hace 10 años, Elara fue adoptada por el Alfa de la manada Stormfang para unirse a uno de sus 5 hijos. Pero los hermanos la traicionaron por los engaños de Jenny, una maliciosa sirvienta omega. En su fiesta de 18 años, Elara decide no callar más: rechaza públicamente a los 5 hermanos y anuncia su compromiso con el misterioso y poderoso príncipe lycan, Xavier Lockhart. Cuando los hermanos descubren la verdad e intentan recuperarla, ya es muy tarde. Elara ha encontrado en Xavier a su verdadera pareja, rompiendo su maldición mortal y dejando el pasado atrás.

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A las siete y catorce de la mañana, mi cara ya es mentira.

La pinto en el espejo empañado del baño minúsculo: base color marfil, dos pasadas; rímel negro, sin grumos; labial nude, ese que las italianas llaman *educato*. Educado. Como si una boca pudiera tener modales. La mía no los tiene cuando estoy sola; de noche se muerde, blasfema en porteño, suelta cosas que de día no se permite ni pensar.

De día soy Lena Ibarra, analista de cumplimiento aduanero, treinta y un años, puntual, eficiente, soltera por elección —eso digo cuando preguntan, y nadie pregunta dos veces—. De día camino los pórticos de Vía Nizza con el abrigo gris cerrado hasta el cuello y el bolso pegado a la cadera como un escudo. La niebla de Turín me lame los tobillos. Me gusta. Me esconde.

En la oficina, Martina Ferro me deja un café en la esquina del escritorio sin mirarme. Lo hace cada lunes desde hace seis meses. Es un gesto que parece amable y no lo es: es un anzuelo. Espera que yo levante la vista, que sonría, que le cuente algo —cualquier cosa— para masticarlo en el pasillo.

—Grazie —digo, y no levanto la vista.

El café está ardiendo. Lo dejo enfriar. Abro el manifiesto del puerto en la pantalla. Columnas, códigos, toneladas, sellos. Es un idioma limpio. No miente. Los números no se acuerdan de nadie a las tres de la mañana.

A las once y media, paso al despacho del director de operaciones a entregar el informe firmado.

Luca Montero está de pie junto a la ventana, de espaldas, los puños de la camisa negra arremangados hasta el codo. Antebrazo de tendón largo, vena marcada. No se gira cuando entro. Tampoco habla. Me deja avanzar tres pasos sobre la alfombra, cuatro, hasta que el aire del despacho me llega a los pulmones y entonces sí, entonces gira la cabeza, lento, como quien decide cuándo concederte existir.

Los ojos no me parpadean encima. Me cronometran.

—Doctora Ibarra.

Dos palabras. Voz baja, granulada, de las que no necesitan subir porque ya están dentro. Se me cierra algo en el estómago, más abajo del estómago, un nudo caliente que no tiene nombre en horario laboral.

—El informe del trimestre. —Le tiendo la carpeta. Mi mano no tiembla. Aprendí a que no temblara.

La toma. Sus dedos rozan los míos un milímetro, no más, y ese milímetro me sube por el brazo como un cable pelado. No me toca. Me toca sin tocarme, que es peor. Huele a tabaco negro y a algo metálico, monedas viejas, sangre seca, no sé. Me obligo a respirar por la boca para no respirarlo a él.

—¿Algo que deba mirar dos veces? —pregunta. No abre la carpeta. Me mira a mí como si yo fuera la carpeta.

—Todo está en orden.

—Todo. —Repite la palabra despacio, paladeándola—. Qué cómodo, *todo*.

No es una pregunta. Es una mano puesta en el centro de mi pecho, sin manos. Doy medio paso atrás antes de saber que lo doy. Él lo nota. Por supuesto que lo nota; este hombre nota cuándo se inclina el polvo en una habitación. Una esquina de su boca se mueve, apenas, como si le diera lástima cuánto me cuesta sostenerle la mirada.

—Si me disculpa —digo.

—La disculpo.

No me suelta con los ojos. Salgo de espaldas dos pasos, me obligo a girarme, y en el pasillo me apoyo contra la pared porque las rodillas me hicieron una traición de tres segundos. Tengo los pezones duros bajo la blusa de seda gris. Me da rabia el cuerpo. Me da rabia que un hombre al que no le he tocado ni el reloj me deje los muslos apretados como si me hubiera lamido el cuello.

A las dos almuerzo sola, de pie, en la cocina común. Una *insalata* de la máquina, agua sin gas. Mastico mirando la ventana. La niebla ya levantó. El cielo de Turín tiene ese gris de plomo derretido que solo pone el Piamonte en enero.

Y entonces me cae encima Buenos Aires.

No lo invito. Nunca lo invito. Llega como llegan las cosas que se hicieron mal: por la nuca. El olor a humo de aquella madrugada —plástico fundido, barniz, algo más dulce debajo que nunca quise nombrar—. Mi voz declarando ante el oficial: *no, no había nadie más en el local, no, yo cerré antes*. Mi voz mintiendo limpio, sin tartamudeo, mientras a tres cuadras Diego Rivas terminaba de morirse bajo una viga. Mentí para salvar a alguien que no era él. Mentí porque me pidieron mentir. Y el cuerpo de un hombre que no conocía pagó mi lengua.

Me agarro del borde de la encimera. La *insalata* se me vuelve cartón en la boca.

De día soy Lena Ibarra, correcta. De noche soy la otra: la que no duerme, la que se toca pensando en cosas que no debería, la que escribe cartas que no manda, la que se susurra al espejo en porteño *vos sabés lo que hiciste, vos sabés*. Dos bocas. Dos vidas. Una pared de yeso entre las dos, fina como la del departamento que todavía no sé que voy a tener que compartir.

Tiro la ensalada a la basura.

Vuelvo al escritorio. Compongo la cara. Marfil, rímel, *educato*. Abro el manifiesto. Los números no se acuerdan de nadie.

A las cinco y diecinueve, el móvil vibra sobre la madera. Número desconocido, prefijo argentino. Lo miro tres segundos antes de tocar.

Una sola línea, sin firma.

*Sé lo que hiciste en Buenos Aires. Y sé dónde dormís en Turín.*

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"Sé lo que hiciste en Buenos Aires. Y sé dónde dormís en Turín."

Capítulo 1 terminado

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