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Ceniza y Corona

Cap. 1 de 32

Capítulo 1

La Noche de Ceniza

Velvet Reels · Nuevo

Rechazo a 5 Alfas

Hace 10 años, Elara fue adoptada por el Alfa de la manada Stormfang para unirse a uno de sus 5 hijos. Pero los hermanos la traicionaron por los engaños de Jenny, una maliciosa sirvienta omega. En su fiesta de 18 años, Elara decide no callar más: rechaza públicamente a los 5 hermanos y anuncia su compromiso con el misterioso y poderoso príncipe lycan, Xavier Lockhart. Cuando los hermanos descubren la verdad e intentan recuperarla, ya es muy tarde. Elara ha encontrado en Xavier a su verdadera pareja, rompiendo su maldición mortal y dejando el pasado atrás.

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Conté catorce cuerpos antes de dejar de ser niña.

El primero fue Tomasito, el caballerango, caído de bruces junto al abrevadero con la espalda abierta como un libro mal encuadernado. El segundo, Aniceta la cocinera, todavía apretando en el puño el cucharón de cobre con el que me perseguía por robar guayabas. Los demás ya no tenían nombre en mi boca, sólo números que mi lengua mordía para no gritar.

La hacienda Montiel ardía con una paciencia obscena. El fuego no se apuraba: lamía los horcones, probaba los techos de palma, subía por las enredaderas del corredor como si estuviera catando un vino. Olía a caña quemada, a pelo chamuscado, a esa dulzura repugnante que sale de la carne cuando ya no es carne. Me entró por la nariz y se me quedó viviendo ahí, alquilada para siempre.

Corrí descalza sobre tejas reventadas. Cada pisada me mordía y yo la agradecía: el dolor era lo único que me probaba que no estaba soñando.

—¡Madre! —grité, y la voz se me quebró en dos, una mitad niña y la otra mitad ya otra cosa—. ¡Madre!

La encontré bajo el marco caído de la capilla. Una viga le cruzaba el vientre como una frase subrayada.

—Isidora —susurró, y sonrió. Sonrió. Con los dientes manchados de sangre y el cabello suelto pegándosele a la frente por el sudor y por las lágrimas mías, que ya le caían en la cara sin que yo supiera cuándo habían empezado.

Me arrodillé. Quise levantar la viga. Mis manos de catorce años sobre esa madera ardiente fueron un chiste que nadie contó.

—Déjalo, mi niña. Déjalo.

—No, no, no, no…

—Escúchame. —Su mano buscó la mía. La cicatriz vieja de su palma izquierda, esa línea blanca que yo había besado mil veces antes de dormir, se arrastró por mi muñeca—. Escúchame, Isidora Montiel, que ya no tenemos mucho tiempo y tú tienes que vivir mucho.

Del corpiño roto sacó algo. Un pañuelo. O lo que había sido un pañuelo: un cuadrado de lino quemado por un borde, con el bordado a medio devorar. Las iniciales de mi abuela, y debajo, una marca que yo no conocía —una cifra hecha de hilo de oro, un símbolo pequeño como una promesa escondida.

—Guárdalo. Contra la piel. Siempre.

Lo apreté contra mi pecho. Ardía. No sé si el pañuelo o yo.

—Júrame —dijo, y los ojos se le encendieron con una fiebre que no era de la fiebre—. Júrame que vas a encontrarlos. Uno por uno. Júrame que no vas a descansar hasta que el apellido que hizo esto se trague su propia ceniza.

—Madre, no me pidas…

—Júralo. —Sus dedos me clavaron la muñeca con una fuerza que no debería caber ya en ese cuerpo roto—. Júralo por mí, por tu padre, por cada uno de los que contaste viniendo. Júralo, Isidora, o me muero dos veces.

Afuera, muy cerca, una voz de hombre tosió entre el humo. Venía de los naranjos. Una voz que daba órdenes con el cansancio de quien las ha dado muchas veces esa noche.

—…revisen la capilla y terminen. El señor Salazar dijo que no quedara nadie de esta casa con lengua.

Salazar.

La palabra entró en mí como entra un clavo en madera verde: con un crujido limpio, definitivo, que abre una grieta que ya no cerrará nunca. Salazar. La repetí por dentro, la mastiqué, la guardé debajo de la lengua junto al pañuelo contra el pecho.

Mi madre oyó. Mi madre también oyó.

Su sonrisa se hizo terrible.

—¿Lo ves? —dijo—. Hasta Dios te está dando el nombre. Júralo.

—Lo juro. —Y no reconocí mi propia voz. Era grave. Era de otra. Era de la mujer que iba a ser a partir de ese minuto—. Por ti, por mi padre, por cada uno. Lo juro, madre. Lo juro, lo juro, lo juro.

Asintió. Cerró los ojos. Los abrió una última vez, sólo para mirarme, y en esa mirada me entregó todo lo que no tuvo tiempo de enseñarme: cómo respirar bajo el agua, cómo mentir sin pestañear, cómo amar sin dejar que el amor me desarmara.

Después se fue. Así, sin ruido. Como si ya supiera el camino.

Me quedé con el pañuelo quemado sobre el corazón y el nombre Salazar bajo la lengua, y los pasos de los hombres acercándose entre los naranjos.

Podía quedarme. Dejar que me encontraran. Unirme al número catorce, convertirme en el quince, terminar de una vez este dolor que no cabía en el pecho de una niña.

O podía arrastrarme por la grieta del muro de la sacristía, la que mi padre tapó mal el verano pasado, la que sólo yo conocía porque era pequeña y curiosa y me escondía ahí cuando no quería rezar.

Podía vivir.

Pero vivir tenía un precio y yo acababa de firmarlo con la sangre de mi madre todavía tibia en mi muñeca.

Miré el pañuelo. Miré el marco caído. Miré, por última vez, la cara de la mujer que me había parido y que acababa de parirme una segunda vez, esta en hierro.

Las voces ya estaban en el corredor.

Cerré los dedos sobre el lino quemado hasta que las iniciales se me marcaron en la palma como un sello.

Y decidí.

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"Las voces ya estaban en el corredor. Cerré los dedos sobre el lino quemado hasta que las iniciales se me marcaron en la palma como un sello. Y decidí."

Capítulo 1 terminado

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