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Jaula de Ónice

Cap. 1 de 22

Capítulo 1

Huellas de Puño

Velvet Reels · Nuevo

Rechazo a 5 Alfas

Hace 10 años, Elara fue adoptada por el Alfa de la manada Stormfang para unirse a uno de sus 5 hijos. Pero los hermanos la traicionaron por los engaños de Jenny, una maliciosa sirvienta omega. En su fiesta de 18 años, Elara decide no callar más: rechaza públicamente a los 5 hermanos y anuncia su compromiso con el misterioso y poderoso príncipe lycan, Xavier Lockhart. Cuando los hermanos descubren la verdad e intentan recuperarla, ya es muy tarde. Elara ha encontrado en Xavier a su verdadera pareja, rompiendo su maldición mortal y dejando el pasado atrás.

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Despierto antes que la luz, y lo primero que reconozco no es mi nombre: es el dolor.

La marca está ahí, en el antebrazo izquierdo, justo donde la noche anterior un cliente me agarró cuando le dije que sus manos no estaban incluidas en el precio del trago. Cuatro huellas violetas, ordenadas como un acorde mal tocado. La presiono con el pulgar para comprobar que duele igual que recuerdo. Duele igual.

Esa es mi forma de saber que sigo viva.

En la pieza hace frío de pensión vieja: humedad que sube por las paredes como si las baldosas respiraran. La ventana da a un pasaje sin sol, y en el vidrio veo mi cara antes que mi cuerpo: el pelo oscuro pegado a la sien, los ojos que mi padre me dejó —demasiado claros para una mujer que aprendió a no llorar.

Mi padre.

La palabra llega sola, sin permiso. Y con ella, el flash. Tengo siete años. Estoy debajo de la mesa del comedor y cuento las baldosas para no contar los gritos. Una, dos, tres, las que están entre mis pies y los pies de él. Mi madre lleva un delantal con girasoles que ya no la salvan de nada. El puño cae —no contra mí esa vez—, y el ruido que hace una mejilla cuando se quiebra por dentro es un ruido que nunca se desaprende. Sale. Cierro los ojos. Cuento hasta diez. Cuando los abro, mi madre me sirve sopa como si nada, y yo entiendo, a los siete, que el amor en esta casa es una cosa que muerde y después pide perdón con cuchara.

Entiendo, también, que pedir ayuda es una palabra que no existe en mi idioma.

Me levanto. El piso de madera cruje con la voz tomada de los lugares que han visto demasiado. Me visto sin mirarme: jeans, polera negra, la chaqueta que ya no abriga. En la mesa de la cocina —si se le puede llamar cocina a un mesón con dos hornillas— está la carta. Sobre membretado. Tres líneas. Veintidós millones de pesos. Plazo vencido.

Veintidós millones que no son míos. Que firmó mi padre antes de morirse y que el banco encontró la manera de hacer caer sobre la única hija que le sobrevive. La herencia del puño: una deuda con mi nombre.

Me río sola. Una risa corta, fea, que no le sirve a nadie.

El turno de anoche pagó la mitad del arriendo. La marca del antebrazo pagó la otra mitad. Y la deuda sigue ahí, respirando como un perro detrás de la puerta.

Por eso, cuando Cami me llamó hace dos noches y me dijo *hay un sobre, Irene, solo tienes que entrar, agarrarlo y salir, te dan tres millones por la molestia*, no le pregunté qué había dentro. Las preguntas son un lujo de gente que tiene opciones.

Dije que sí.

Lo hice anoche, después del bar. Entré por la ventana de servicio de una oficina en Providencia que olía a cuero caro y a hombre que firma cosas. El sobre estaba donde Cami dijo. Negro, lacrado con cera roja, sin nombre. Pesaba más de lo que un sobre debería pesar. Lo metí entre la espalda y el cinturón, salí por donde entré, y caminé seis cuadras antes de respirar.

Ahora está sobre mi mesa, al lado de la carta del banco. Dos rectángulos que deciden mi vida y que no me he atrevido a abrir.

Paso el dedo por el lacre. Pienso en abrirlo. No lo abro. Lo que no sé no me delata si me preguntan.

Voy al baño. Me echo agua en la cara. El espejo me devuelve a una mujer de veintiséis años que aprendió a no temblar en público y que en privado tampoco se permite el lujo. Me miro las marcas del brazo. Me digo, en voz baja, lo de siempre:

—Nadie decide sobre tu cuerpo. Nadie.

Es un mantra. Es una mentira útil. Es lo único que tengo.

Entonces tocan la puerta.

No es el toque del cartero —tres golpes blandos—, ni el del vecino —dos secos y un *Irene, ¿estái?*—. Es un toque distinto. Tres golpes parejos, espaciados, del que sabe que voy a abrir aunque no quiera.

Mi pulso se queda quieto. Eso es lo raro. No se acelera. Se queda quieto, como un animal que escuchó algo en el monte.

Me acerco descalza. Por la mirilla veo a un hombre de traje oscuro que no es policía y no es cobrador y no es nada que yo sepa nombrar. Le veo el cuello blanco de la camisa, perfecto. Le veo los guantes negros. Le veo la quietud, que es lo que más me asusta.

—¿Quién? —pregunto, y mi voz sale más firme que mis rodillas.

—Señorita Soldá. —La voz del otro lado es educada, baja, casi suave—. Vengo de parte del señor Serain. Tiene quince minutos para abrir la puerta o la abrimos nosotros.

Serain.

El apellido aterriza en mi pecho como una piedra en agua quieta. No lo conozco. Y a la vez lo conozco como se conocen las cosas que una ha estado esperando sin saberlo: con todo el cuerpo.

Miro hacia la mesa. El sobre negro. El lacre rojo. La cera intacta.

Ah.

Por supuesto.

El pulso, ahora sí, me sube a la garganta y me late detrás de las costillas y, vergonzosamente, en lugares que no debería —porque hay miedo, sí, pero también una corriente que no sé nombrar, una electricidad que reconoce a su tormenta antes de verla.

Apoyo la frente en la madera de la puerta. Respiro una vez. Dos.

Y giro la manilla.

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"Irene abre la puerta sabiendo que del otro lado está el dueño del sobre que robó, y que su vida —tal como la conocía— acaba de terminar."

Capítulo 1 terminado

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