Capítulo 1
Llamado a Ravello
Rechazo a 5 Alfas
Hace 10 años, Elara fue adoptada por el Alfa de la manada Stormfang para unirse a uno de sus 5 hijos. Pero los hermanos la traicionaron por los engaños de Jenny, una maliciosa sirvienta omega. En su fiesta de 18 años, Elara decide no callar más: rechaza públicamente a los 5 hermanos y anuncia su compromiso con el misterioso y poderoso príncipe lycan, Xavier Lockhart. Cuando los hermanos descubren la verdad e intentan recuperarla, ya es muy tarde. Elara ha encontrado en Xavier a su verdadera pareja, rompiendo su maldición mortal y dejando el pasado atrás.
Ver la serieEl telegrama llegó un martes, y los martes nunca me han traído nada que no doliera después.
Lo abrí de pie, junto a la ventana de mi pensión en Trastevere, con el café enfriándose y la renta atrasada doblada bajo el cenicero. Tres líneas. Membrete dorado que olía a otro siglo.
*Fundación Ferrara solicita su presencia inmediata en Ravello. Evaluación urgente del Palazzo Ferrara. Honorarios negociables al alza. Tren reservado a su nombre.*
Leí el monto al final del papel y se me cerró la garganta como si me hubieran metido un puño dentro. Era seis veces lo que había ganado el año pasado restaurando frescos en una capilla de Viterbo. Seis veces. Suficiente para pagar deudas, comprar materiales propios, dejar de sonreírle al casero como si me importara su esposa enferma.
Suficiente para no tener que fingir nada durante mucho tiempo.
Me reí sola, y la risa salió rota.
—Isadora Voss —murmuré a la ventana, probándome el nombre como un vestido que llevaba años sin usar—. Vas a Amalfi.
***
El tren a Salerno olía a naranja vieja y a sudor de hombres trajeados. Me senté junto a la ventanilla con el portafolio sobre las rodillas y vi a Roma deshacerse en suburbios, en campos quemados, en olivares torcidos por siglos de viento.
A mi madre le habría gustado este viaje. Ella, que nunca pasó de Ostia, que cosía vestidos de novia ajenos por las noches y me decía *sonríe, Isa, sonríe aunque te queme la boca, las niñas tristes terminan en la calle*. Aprendí rápido. A los doce ya sabía cómo mirar a un tío rico para que pagara mis libros. A los diecisiete, cómo decirle *te amo* a un chico de buena familia mientras le contaba las costuras de la chaqueta para calcular cuánto valía. A los veinticinco supe que ningún hombre me iba a sacar del fango sin pedirme la columna vertebral a cambio.
Entonces estudié. Restauración, química de pigmentos, historia del arte. Cosas que no se podían fingir. Las manos no mienten cuando sostienen un pincel sobre un fresco de cuatrocientos años.
Pero el dinero seguía sin llegar. Y los martes seguían doliendo.
Apoyé la frente en el cristal y dejé que el sol del mediodía me golpeara los párpados. Detrás de los ojos cerrados, el monto del telegrama latía como una promesa o como una trampa. En mi experiencia, las dos cosas eran sinónimos.
***
Ravello apareció de pronto, colgada del cielo.
Bajé del taxi en una plaza pequeña, empedrada, donde un campanario daba las cuatro y media con una pereza que parecía burlarse del tiempo. El aire me golpeó primero. Sal. Limón. Algo más profundo, mineral, como piedra mojada al sol. Respiré hondo y se me llenaron los pulmones de una cosa que no había sentido nunca: la posibilidad de que aquí, quizá, no tuviera que actuar.
Una ilusión, claro. Pero hermosa.
Un empleado de la fundación me esperaba con un cartel torcido. *Signora Voss*. Asintió sin sonreír y me guio por callejuelas que descendían entre buganvillas hasta un portón de hierro labrado con la inicial F enredada en hojas de acanto.
—El *signor* Ferrara la recibirá en el patio —dijo, y desapareció.
Entré sola.
El palazzo me tragó. Frescos del Quattrocento desconchados, querubines a los que les faltaba media cara, un techo artesonado donde la humedad había dibujado continentes. Un crimen arquitectónico. Mi corazón, profesional y hambriento, se aceleró.
Y entonces lo vi.
Estaba al fondo del patio, de espaldas, una mano apoyada en una columna de mármol agrietado como si la sostuviera él mismo. Camisa blanca arremangada hasta los codos. Antebrazos morenos, tensos, surcados por venas que se le marcaban hasta las muñecas. Cuando se giró, lo hizo despacio, con esa quietud que tienen los animales antes de decidir si comen o matan.
Me miró.
No fue una mirada. Fue una inspección. Bajó por mi cuello, se detuvo medio segundo en mi clavícula, regresó a mis ojos sin pedir permiso ni disculpa. La sangre se me fue al estómago, después más abajo, y yo —yo, que llevo veintiocho años entrenada para no temblar bajo ninguna mirada— sentí los pezones endurecerse contra la blusa de lino fina.
Maldita tela. Maldito sol. Maldito él.
—Signora Voss. —Su voz era grave, lenta, las vocales arrastradas como si le costara soltar cada una—. Dante Ferrara.
No me extendió la mano. Se quedó a tres pasos, y esos tres pasos pesaban como un acantilado. Olía a sal marina y a algo amargo, cítrico, y a madera quemada. Quise dar un paso atrás. Di uno adelante.
—Llegué antes de tiempo —dije, y mi propia voz me sonó ronca.
—No. —Una pausa larga. Sus ojos ámbar oscuro no se movían—. Llegó tarde. Siete años tarde.
Fruncí el ceño. Mi sonrisa profesional, esa que me había salvado de cien situaciones imposibles, se me cayó de la cara como una máscara mal pegada.
—¿Disculpe?
Dante Ferrara dio un paso. Solo uno. Quedó a un palmo de mí, tan cerca que pude ver la cicatriz fina bajo su mentón y oler el calor que le subía del cuello de la camisa. No me tocó. No hizo falta. Mi cuerpo entero ya estaba reaccionando como si me hubiera metido la mano debajo de la falda.
—No la contraté por el palazzo, signora. —Bajó la voz hasta hacerla casi un susurro contra mi oreja—. La contraté porque sé exactamente quién es usted. Y lo que le hizo a mi hermano en Florencia.
"La contraté porque sé exactamente quién es usted. Y lo que le hizo a mi hermano en Florencia."
Capítulo 1 terminado
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