Capítulo 1
Llegada al Encierro
Rechazo a 5 Alfas
Hace 10 años, Elara fue adoptada por el Alfa de la manada Stormfang para unirse a uno de sus 5 hijos. Pero los hermanos la traicionaron por los engaños de Jenny, una maliciosa sirvienta omega. En su fiesta de 18 años, Elara decide no callar más: rechaza públicamente a los 5 hermanos y anuncia su compromiso con el misterioso y poderoso príncipe lycan, Xavier Lockhart. Cuando los hermanos descubren la verdad e intentan recuperarla, ya es muy tarde. Elara ha encontrado en Xavier a su verdadera pareja, rompiendo su maldición mortal y dejando el pasado atrás.
Ver la serieEl portón se cerró detrás de mí con el ruido de una mandíbula que muerde hierro.
Conté hasta siete antes de respirar. Es lo que hago. Cuento, respiro, no siento. Mi madre me enseñó —sin querer enseñarme nada— que el aire entra mejor cuando una se olvida de que tiene cuerpo.
—Señorita Bravo. Bájese.
El alguacil no me miró a los ojos. Nadie miraba a nadie en Lo Contador esa tarde. Veintitrés cuerpos descendiendo de carretas y mulas, veintitrés sombras agachadas bajo el sol de diciembre que pegaba contra el adobe como si quisiera derretirlo. Olía a vinagre quemado, a azufre, a naranjos podridos en el patio. Olía, sobre todo, a miedo bien lavado.
—Cuarenta días —dijo una voz a mi espalda, lectura monótona del bando del Gobernador—. Quien intente salir antes del plazo será considerado reo de sedición sanitaria.
Apreté el bulto de los retablos contra el pecho. Madera vieja, pan de oro descascarado, una Virgen con la cara comida por la polilla que me habían encargado devolver al mundo. Para eso me habían encerrado: para que un santo no se siguiera muriendo mientras los hombres sí.
Froté el pulgar contra el nudillo del índice. Dos veces. Tres. La piel ahí ya estaba en carne viva desde Santiago, una costra fina que se rompía si insistía. Insistí.
—Cuidado con eso.
La voz vino baja, como si no quisiera ser voz. Levanté la cabeza.
Era alto, pero no era la altura lo que detenía. Era la quietud. Estaba parado bajo el alero con un maletín de cuero a los pies y me miraba las manos —mis manos, no mi cara— con la atención exacta que un relojero le da a un mecanismo que aún no entiende. Tenía la mandíbula partida por una cicatriz blanca que le cruzaba hasta la oreja, gruesa como una cuerda mal hecha. Cuando apretó los dientes, la cicatriz se tensó. Cuando habló, no.
—Se va a infectar —dijo—. Aquí adentro, eso mata.
Escondí las manos en los pliegues de la falda.
—No es nada.
—Lo sé.
Dos palabras. "Lo sé". No "déjeme ver", no "qué le pasa". Lo sé. Como si reconociera el gesto. Como si lo hubiera hecho él.
El calor me subió por el cuello hasta las orejas. No era pudor. Era otra cosa, una cosa más sucia, una sensación de haber sido leída de una sola pasada por alguien que no debía tener derecho al alfabeto de mi cuerpo. Cerré los muslos sin saber por qué los había abierto.
—Don Tomás, lo necesitan adentro —llamó el capataz desde el corredor—. Hay un enfermo en el ala oeste.
Él no se movió enseguida. Bajó los ojos del nudillo a mi boca, y de mi boca a la madera de la Virgen, y de la madera al suelo, en un recorrido lento que sentí como una mano que no me tocaba. Olía a romero seco y a algo metálico debajo, una nota oscura que no supe nombrar. Tintura de yodo manchaba el pulpejo de su dedo índice, larguísimo, demasiado largo para un hombre de cuerpo tan estrecho.
—Cirujano militar —se presentó por fin—. Tomás Irarrazával. Si le sangra, búsqueme antes de que se le pudra.
No dijo "buenas tardes". No dijo "a sus órdenes". Dijo: si le sangra. Como si supiera que iba a sangrar.
Lo vi cruzar el patio. Caminaba como caminan los hombres acostumbrados a no despertar a los enfermos. Y aun así, en mitad del paso, giró la cabeza y me sostuvo la mirada por encima del hombro —ámbar turbio, miel quemada, sin parpadeo— hasta que fui yo la que tuve que bajar los ojos al santo destrozado entre mis brazos.
Me dieron una celda en el ala norte. Cama de tabla, jergón con olor a paja nueva, una mesa baja para extender los retablos. La ventana daba al aljibe central. El agua, me advirtió la criada, sabía a cobre.
Me senté en el suelo con la Virgen en la falda. Saqué los pinceles. Conté los frascos: bermellón, albayalde, ocre, negro de huesos. Siete frascos. Respiré siete veces.
Y entonces vino, como viene siempre que bajo la guardia.
El Mapocho de noche. El agua no era agua, era un animal frío que mordía. Mi madre se había soltado de mi mano —¿se había soltado?, ¿la había soltado yo?— y la corriente se la llevó tan rápido que ni alcancé a gritar su nombre completo. Solo la mitad. La mitad de un nombre flotando río abajo. Mis manos vacías. Mis manos buscando en el agua negra algo a lo que aferrarse y encontrando piedras, encontrando piedras, frotándose contra las piedras hasta que ya no sentí los dedos y ese no sentir fue lo único piadoso de esa noche.
Me miré los nudillos en la penumbra de la celda.
Estaban sangrando otra vez. No me había dado cuenta de cuándo.
Golpearon la puerta. Tres golpes secos, espaciados, de quien no pide permiso pero avisa.
—Señorita Bravo.
Esa voz baja. Esa voz que bajaba el volumen en lugar de subirlo.
Me limpié la sangre en el revés de la falda, donde no se viera, y respiré una vez más antes de abrir. Conté hasta siete. Hasta siete siempre.
Abrí.
Tomás Irarrazával estaba en el umbral con un paño limpio doblado en una mano y una palangana de agua tibia en la otra. No sonrió. No saludó. Solo dijo, con la calma de quien ya sabe la respuesta:
—Enséñeme las manos.
"Tomás aparece en su puerta con agua y un paño, y le pide ver las manos que ella acaba de esconder."
Capítulo 1 terminado
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