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El Hilo del Verdugo

Cap. 1 de 24

Capítulo 1

La Sangre Callada

Velvet Reels · Nuevo

Rechazo a 5 Alfas

Hace 10 años, Elara fue adoptada por el Alfa de la manada Stormfang para unirse a uno de sus 5 hijos. Pero los hermanos la traicionaron por los engaños de Jenny, una maliciosa sirvienta omega. En su fiesta de 18 años, Elara decide no callar más: rechaza públicamente a los 5 hermanos y anuncia su compromiso con el misterioso y poderoso príncipe lycan, Xavier Lockhart. Cuando los hermanos descubren la verdad e intentan recuperarla, ya es muy tarde. Elara ha encontrado en Xavier a su verdadera pareja, rompiendo su maldición mortal y dejando el pasado atrás.

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Mi hermano no se cayó. A mi hermano lo callaron.

Lo repito en voz baja, como quien revuelve sal sobre una herida para no olvidar dónde le duele. La trastienda de la oficina salitrera huele a yodo, a sebo de vela y a esa pólvora vieja que el viento mete por las rendijas de la calamina. Afuera, el desierto cruje. Adentro, sólo cruje mi paciencia.

Sobre la mesa de tablones tengo extendido lo que me devolvieron de Tomás. Un pañuelo. Una libreta. Una hebilla de cinturón con el escudo del regimiento mordido por la arena. Tres botones. Y una camisa que aún huele —juro que huele— a él: a jabón de cuarto barato y a sudor de muchacho que no llegó a hombre.

Me lavo las manos por tercera vez. Son manos de sanitaria, no de detective. Manos acostumbradas a cerrar carne, no a abrirla. Pero esta noche van a abrir.

—Accidente —murmuro, y la palabra me sabe a metal—. Una caída desde la torre de vigilancia. Eso dijeron.

Eso firmaron. El parte oficial lo tengo escondido bajo el tablón suelto, junto al alcohol de quemar. Lo memoricé entero: "el cabo Zúñiga resbaló en la madrugada del nueve de marzo a causa de la oscuridad y el viento". Bonito. Limpio. Casi poético para un ejército que no suele molestarse en redactar.

El problema es que yo lavé el cuerpo.

Yo le quité la camisa antes de que me la devolvieran doblada. Yo le vi la nuca. Y una caída no deja un hematoma circular, perfecto, del tamaño de un cañón corto apoyado contra el hueso. Una caída no deja la pólvora tatuada en el cuello como una flor negra. Una caída no le rompe los dientes delanteros como si alguien le hubiera metido el caño en la boca primero, para que se callara, antes de subirlo a esa torre y dejarlo caer cuando ya estaba frío.

Me siento. Cierro los ojos. Cuento hasta diez en quechua, como me enseñó mi abuela, porque en castellano el número diez me llega siempre acompañado de un grito.

La rabia es un animal educado en esta trastienda. No grita. Trabaja.

Abro la libreta. Tomás escribía con letra apretada, de niño que no quiere gastar papel. Hay cuentas de munición, nombres de caballos, un dibujo torpe de una muchacha con trenzas que supongo soy yo. Hay también, hacia el final, una página arrancada. El borde irregular me deja un fleco de tinta: tres letras y media, *…ano A…*, y debajo, una fecha. *2 de enero*.

Dos meses antes de que lo "encontraran" al pie de la torre.

Paso la yema del dedo por la cicatriz de papel. *…ano A…*. Podría ser cualquier cosa. Podría ser un caballo. Podría ser un pueblo. Podría ser un hombre.

Un nombre.

—¿Qué viste, Tomás? —le pregunto al aire, y el aire no contesta, pero la vela sí: se inclina hacia la puerta como si alguien hubiera respirado del otro lado.

Me quedo muy quieta.

No hay nadie. Lo sé porque a esta hora los centinelas están en la cantina y el prisionero de la trastienda del fondo —el coronel peruano que trajeron envuelto en su propia capa hace dos noches, el que tiene fiebre y no se queja— está encadenado a tres varas de pared y no llega ni a la mirilla. Lo sé porque a mí me toca cambiarle las vendas al amanecer y conozco el largo exacto de su cadena.

Aún así, bajo la voz.

—No habrá silencio que me detenga.

Lo digo despacio, una sílaba detrás de otra, como quien firma. Lo digo para que la trastienda lo escuche y se haga cómplice. Lo digo porque si lo digo en voz alta ya no puedo desdecirme mañana, cuando vuelva la luz y el miedo.

Doblo la camisa de Tomás. La huelo una última vez. La guardo.

Luego saco lo otro. Lo que no le he enseñado a nadie. Lo que rescaté del bolsillo interior de su guerrera antes de entregársela al furriel, el muy estúpido, que ni la revisó.

Un trozo de tela. Un jirón, más bien. Verde oscuro, con un galón dorado a medio descoser. No es chileno. No es de tropa rasa. Es de oficial. Y no de los nuestros.

Lo extiendo sobre la mesa, junto a la página arrancada. *…ano A…*. Verde oscuro. Galón de coronel.

Mi hermano, en la madrugada del nueve de marzo, agarró a alguien por el cuello del uniforme antes de morir. Y se quedó con un pedazo.

La respiración se me corta en un lugar nuevo del pecho, un lugar entre la garganta y el esternón que hasta esta noche no sabía que existía. Aprieto el jirón en el puño. La seda del galón me muerde la palma. Es la primera vez en cuatro meses que siento algo que no es duelo. Es otra cosa. Es más limpia. Es más fría.

Es un cuchillo.

Me levanto. Cojo la vela. Camino hasta la puerta que separa mi trastienda del almacén donde lo tienen a él, el coronel del que todos hablan en susurros y nadie nombra completo. Severiano Amaya. *Severi-ano A-maya*. Apoyo la frente en la madera. Cuento las sílabas. Las cuento otra vez.

*…ano A…*

El pulso me sube a la sien como un tambor mal templado. No puede ser. Es coincidencia. Hay cien apellidos peruanos que terminan así. Hay mil oficiales con galón verde. No puede ser tan fácil. No puede ser que la respuesta lleve dos noches respirando al otro lado de tres dedos de tabla, ardiendo en fiebre, esperando que yo le cambie las vendas al amanecer.

No puede ser. Y sin embargo.

Abro la puerta una rendija. La vela tiembla. Al fondo, sobre el catre, hay un cuerpo largo, una cadena, una respiración pesada de hombre que duerme mal. Y, doblado con cuidado a los pies del catre —porque alguien, esta tarde, se lo lavó y se lo devolvió limpio, alguien que no fui yo—, su uniforme.

Verde oscuro.

Con un galón dorado descosido en el cuello.

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"El jirón que arrancó Tomás antes de morir coincide con el uniforme del coronel peruano que duerme a tres dedos de tabla de mi trastienda."

Capítulo 1 terminado

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