Inicio

Nudo de Espinas

Cap. 1 de 20

Capítulo 1

Casa y Máscara

Velvet Reels · Nuevo

Rechazo a 5 Alfas

Hace 10 años, Elara fue adoptada por el Alfa de la manada Stormfang para unirse a uno de sus 5 hijos. Pero los hermanos la traicionaron por los engaños de Jenny, una maliciosa sirvienta omega. En su fiesta de 18 años, Elara decide no callar más: rechaza públicamente a los 5 hermanos y anuncia su compromiso con el misterioso y poderoso príncipe lycan, Xavier Lockhart. Cuando los hermanos descubren la verdad e intentan recuperarla, ya es muy tarde. Elara ha encontrado en Xavier a su verdadera pareja, rompiendo su maldición mortal y dejando el pasado atrás.

Ver la serie

La sonrisa que llevo puesta hoy me la cosí a la boca cuando tenía once años, junto al ataúd de mi madre, y desde entonces no se descose ni durmiendo.

—Isolda, mija, ¿me bajas el costal de azúcar? El de arriba, no el otro.

Doña Carmela me señala la tabla más alta como si yo no llevara cinco años bajándole el mismo costal cada martes. Sonrío. Estiro los brazos. La blusa se me sube tres dedos sobre la cintura y siento las miradas del corredor —dos albañiles, un viejo del molino, el hijo del carnicero— posarse sobre la franja de piel como moscas en miel derramada.

Mi otra boca, la de adentro, la que nadie ha visto nunca, susurra: *que miren, que se atraganten*.

La de afuera dice:

—Aquí tiene, doña. ¿Le pongo en bolsa doble?

Así funciona. Dos lenguas, una jaula. Mamá me enseñó —antes de que la sierra se la tragara con todo y huesos— que una mujer en Villa Serena sobrevive sirviendo café y bajando la mirada. Lo que pulsa debajo se queda debajo. Si lo enseñas, te queman. Si lo escondes bien, te dejan barrer su tienda a cambio de monedas y compasión.

Llevo nueve años barriendo.

Salgo a la plaza con el delantal manchado de canela. La parroquia de San Francisco se levanta al fondo, descascarándose como una novia vieja, y la niebla ya empieza a bajar de la sierra aunque son apenas las cuatro. Huele a copal del puesto de doña Refugio y a tortilla quemada del comal de enfrente. Es mi pueblo. Me ahoga con un cariño que muerde.

—Buenas tardes, Isolda.

El padre Anselmo me bendice al pasar y me mira los ojos un segundo de más. Siempre lo hace. Siempre busca lo que mamá tenía y yo heredé: ese verde sucio, color de musgo en piedra mojada, que la gente del pueblo llama *ojo de monte*. Dicen que las mujeres con ese ojo ven cosas. Dicen que por eso a mamá la encontraron donde la encontraron.

Yo no veo nada. Yo solo siento. Y lo que siento ahora, cruzando la plaza con el costal vacío bajo el brazo, es lo de siempre: que algo me observa desde más alto que los campanarios.

No es Dios. Dios no pesa así.

Levanto la cara hacia el cerro. Allá arriba, encima del pueblo, se recorta el caserón de cantera rosa donde nadie vive desde antes de que mi bisabuela naciera. Las viejas del mercado se persignan cuando lo nombran. Yo me persigno también, por costumbre, pero por dentro mi otra boca lo saluda como a un viejo conocido.

Y entonces escucho los motores.

No son las camionetas de aquí —esas tosen, esas ruegan—. Estos vienen pulidos, graves, en manada. Tres, cuatro, cinco vehículos negros que entran por la calle del panteón levantando una polvareda que la niebla traga al instante. En el costado de cada uno, un logo blanco: una montaña partida en dos por una línea recta. Debajo, letras pequeñas que alcanzo a leer cuando el primero frena junto a la pila: *Consorcio Minero Tezcalli*.

La plaza se queda quieta como un altar.

Doña Refugio agarra a su nieto del brazo. Los albañiles bajan los martillos. Hasta el perro del atrio deja de rascarse. Solo la niebla sigue cayendo, indiferente, vistiendo los cofres de los autos de un sudor blanco.

Del segundo vehículo se baja un hombre de traje gris y carpeta bajo el brazo —el ingeniero, supongo, el que viene a hablar bonito—. Pero no es él quien me roba el aire.

Es el que se baja del primero.

No trae traje. Trae camisa negra arremangada hasta los codos y unos antebrazos que se ven hechos para sostener cosas que no deberían sostenerse. Cuando se endereza es más alto que cualquier hombre del pueblo y la mandíbula se le marca como cuchillo en pan duro. Una cicatriz fina le baja del pómulo a la comisura, antigua, blanca, casi elegante. No mira la plaza. No mira al ingeniero. No mira al padre Anselmo que ya cruza la calle apretando el rosario.

Me mira a mí.

Ámbar. Los ojos son de un ámbar que no existe en este pueblo, en este país, en este siglo. Un color de resina escurriendo de un árbol que ya nadie tala. Y se oscurecen mientras me sostienen, despacio, hasta volverse marrón seco —como si algo dentro de él decidiera, en este instante exacto, mentirme o desearme. O las dos.

Mi otra boca, la de adentro, gime.

La de afuera no respira.

El costal se me resbala del brazo y cae a mis pies sin que yo lo suelte conscientemente. Los pezones se me endurecen contra la blusa con un tirón que sube hasta la garganta y me planta un latido entre las piernas que no pedí. No me ha tocado. No se ha movido. Está a doce metros de mí, del otro lado de la pila, y siento sus dedos —esos dedos largos, esos nudillos anchos— como si me estuvieran abriendo la blusa botón por botón delante de medio Villa Serena.

Sonrío. Es lo único que sé hacer cuando el cuerpo me traiciona. Sonrío con la boca cosida, la servicial, la de afuera.

Él ladea la cabeza. Apenas. Como si esa sonrisa le diera asco y hambre al mismo tiempo. Como si supiera —*¿cómo puede saber?*— que detrás tengo otra.

Da un paso hacia mí.

Huelo, antes de que llegue el viento, copal y piedra mojada. Un olor que no viene de la plaza. Viene de él. Y mi cuerpo, traidor, idiota, lo reconoce como se reconoce una casa en la que nunca has vivido pero en la que vas a morir.

Da otro paso.

Y el padre Anselmo, persignándose tres veces seguidas, susurra a mi espalda una palabra en otomí que no entiendo pero que me eriza la nuca:

—*Mänts'i*.

El hombre del ámbar sonríe por primera vez. Solo para mí.

Música IA

Crea una canción única con IA

Personalizada · Gratis · 1 minuto

Crear mi canción gratis

"El forastero de ojos de ámbar avanza hacia Isolda mientras el padre Anselmo susurra en otomí una palabra que la eriza entera, y ella entiende, sin saberlo todavía, que ese hombre no vino al pueblo a perforar la sierra: vino por ella."

Capítulo 1 terminado

¿Quieres saber qué pasa ahora?

Pulsa el botón para abrir el capítulo 2. El registro es gratis.