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Vitrina de Huesos

Cap. 1 de 30

Capítulo 1

Huella de Lienzo

Velvet Reels · Nuevo

Vendida al patrón mafioso por una noche

Sienna, hija de una sirvienta, vende su virginidad para salvar a su madre y termina en los brazos de Damiano, el poderoso padrino de la mafia y tío de su prometido. Traicionada por su prometido y su mejor amiga, descubre en el hombre más peligroso de todos a su único protector. Lo que comenzó como un trato termina convirtiéndose en una pasión imposible de detener.

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El olor a trementina nunca me mintió, y por eso lo prefiero a los hombres.

El taller respira humedad por las grietas del techo. Está en un sótano de San Telmo que alquilo bajo otro nombre —uno de los siete que uso, ninguno el que mi madre adoptiva escribió en el formulario antes de firmarme como mercadería—. Cuelgo el lienzo del bastidor y la tela cruje como cuando uno desnuda a alguien despacio. Mis dedos están manchados de azul de Prusia hasta la segunda falange. Me gusta. Las manos sucias parecen menos capaces de mentir.

Sobre la mesa larga conviven dos profesiones: pinceles de marta sobre un lado, una pila de documentos sobre el otro. Pasaportes recién planchados con vapor para envejecer la tinta. Un certificado de procedencia para un Berni que jamás existió. Sellos notariales que copié de un escribano muerto el año pasado. La galería de la calle Defensa abre el viernes con mi nombre en la marquesina. Curadora invitada, dirá. Eso significa: la chica que sonríe en las fotos mientras planta cuchillos.

Tengo treinta y un años y aprendí a los siete que el amor se vende por kilo.

Fue en el cuarto hogar. O el quinto. Los confundo a propósito —es más fácil olvidar lo que numerás mal—. Mi madre adoptiva, esa mujer que olía a jazmín barato y me peinaba con violencia disfrazada de cariño, me entregó una tarde a un hombre que tenía las manos como pájaros muertos. No me tocó esa vez. Solo me miró mucho rato y le dio un sobre. Ella contó los billetes delante de mí. Recuerdo el gesto exacto de su pulgar mojado en saliva, pasando papel sobre papel, y entendí —con la claridad helada que solo tienen los chicos que no van a llorar— que el cariño es una moneda y que los adultos siempre se quedan con el cambio.

Desde ese día confío únicamente en la mentira que me sirve. La verdad la guardo bajo llave, como guardan las viudas el anillo del marido infiel: por si algún día la necesito para clavarla.

Destapo la lata de barniz. El vapor sube y me quema un poco los ojos —bienvenido—. Trabajo dos horas sin pensar, que es como mejor pienso. El cuadro va a llamarse *Vitrina de Huesos*. Tres figuras femeninas detrás de un cristal, los rostros borrados con espátula. Es bonito. Es horrible. Es exactamente lo que necesito que parezca: arte.

Porque debajo del bastidor, entre la madera y el lienzo, hay un compartimento del grosor de un libro fino.

Ahí va la prueba.

La saco del bolso de cuero gastado —el único objeto que conservo de mí misma, regalo que me hice a los dieciocho con mi primer dinero ganado mintiendo—. Es un paquete envuelto en tela encerada, atado con hilo de algodón crudo, sellado con una gota de lacre negra que yo misma derretí. Adentro: un pendrive cifrado con tres capas, una llave física para una caja en Montevideo, y once fotografías que valen la vida de seis hombres muy ricos y muy nerviosos. Lo llamo *la prueba* sin adjetivos. Los nombres largos los reservo para los amantes; los objetos peligrosos prefiero nombrarlos como nombran los cirujanos al bisturí.

Lo deslizo en el compartimento. Clavo la tela. Aplico la última capa de barniz para que nadie se atreva a tocar el reverso de una obra fresca. Ahora *Vitrina de Huesos* pesa exactamente lo que debe pesar: una verdad escondida dentro de una mentira hermosa.

Me limpio las manos en el delantal y entonces ocurre.

Un cosquilleo en la nuca, debajo del nacimiento del pelo. Esa zona donde el cuerpo escucha antes que la cabeza. Levanto los ojos hacia la única ventana del sótano —rectángulo a ras de vereda, vidrio polarizado, mi precaución más cara— y veo, durante un segundo y medio, la silueta de unos zapatos masculinos detenidos. Punteras hacia el cristal. Quietas. Demasiado quietas para alguien que pasa.

No respiro.

Los zapatos no se mueven durante cuatro latidos. Cuento. Mi pulso me golpea el cuello como si quisiera salir a saludarlo. Y entonces —y esto es lo que me deja inmóvil, la mano todavía en el delantal—, los zapatos giran un cuarto de vuelta hacia donde yo estoy parada. Como si supieran. Como si el cristal no fuera polarizado para él. Hay algo en la pausa, en la economía del movimiento, que me roza la piel por dentro. Se me cierran los muslos sin permiso. Aprieto los dientes contra la rabia de mi propio cuerpo —traidor, traidor, traidor— y siento el calor subiéndome por debajo del esternón hasta los pezones, que se endurecen contra la tela del delantal como si alguien los hubiera llamado por su nombre.

Nadie me mira así desde la vereda. Nadie me ha mirado nunca así. Y, sin embargo, lo conozco —el peso de unos ojos que no parpadean, que catalogan, que deciden—. Lo conozco aunque no sepa todavía a quién pertenecen.

Los zapatos se van. Caminan tres pasos, cuatro, doblan. La calle vuelve a ser calle.

Me quedo de pie, las manos temblándome de un modo que no tiembla nunca. Tomo el cuadro, lo apoyo contra la pared, lo miro. *Vitrina de Huesos.* La curaduría del viernes. Mi tapadera perfecta para hacer circular la prueba a la vista de todos sin entregar nada de mí.

Siempre lo planeé como un escondite.

Ahora lo pienso de nuevo, despacio, con la nuca todavía caliente.

La galería puede ser otra cosa. Puede ser un anzuelo. Puedo dejar que la prueba se intuya entre los trazos —un susurro, una pista, un pezón de verdad asomando bajo la gasa de la mentira— y obligar a quien me observa a acercarse. A entrar. A respirar mi aire.

Dejo el pincel sobre la mesa. Me muerdo el interior de la mejilla hasta sentir hierro.

Dos opciones, Isadora. Esconderte mejor. O exponerte hasta que el cazador entre solo a tu jaula.

"Dos opciones: esconderme mejor o convertir mi propia trampa en cebo. Tengo hasta el viernes para decidir cuál de las dos me deja viva."

Capítulo 1 terminado

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