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Mapa de Cicatrices

Cap. 1 de 20

Capítulo 1

Sonrisa de Pólvora

Velvet Reels · Nuevo

Rechazo a 5 Alfas

Hace 10 años, Elara fue adoptada por el Alfa de la manada Stormfang para unirse a uno de sus 5 hijos. Pero los hermanos la traicionaron por los engaños de Jenny, una maliciosa sirvienta omega. En su fiesta de 18 años, Elara decide no callar más: rechaza públicamente a los 5 hermanos y anuncia su compromiso con el misterioso y poderoso príncipe lycan, Xavier Lockhart. Cuando los hermanos descubren la verdad e intentan recuperarla, ya es muy tarde. Elara ha encontrado en Xavier a su verdadera pareja, rompiendo su maldición mortal y dejando el pasado atrás.

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La carta llegó con el café, y supe antes de abrirla que algo dentro de mí se rompía por escrito.

El sobre tenía el logotipo del Banco de la República. Papel grueso, esquinas perfectas, como si la elegancia del cartón pudiera disimular el cuchillo de adentro. Lo dejé sobre el escritorio y me serví más café que no pensaba beberme.

—Doctora Luján, los del comité llegan en quince minutos.

Valentina me hablaba desde la puerta con esa eficiencia que le enseñé yo misma. Veintidós años, libreta en mano, el moño tan apretado que parecía dolerle.

—Gracias, mi amor. Diles que el café está fresco y que sonrías como si nada se estuviera quemando.

Ella sonrió. Yo también. Esa es la primera regla de Manos de Luz: la directora siempre sonríe primero. Mi madre lo decía distinto. Decía que una mujer con la boca curva tiene más tiempo para pensar mientras los demás creen que está feliz. Lo aprendí a los catorce, sentada junto a su cama de oncología, riéndome de un chiste malo del médico mientras por dentro le rogaba a un Dios en el que ya no creía.

La sonrisa, mami. La sonrisa salva.

Abrí el sobre con el abrecartas de bronce que me regaló ella la última Navidad. Filo limpio. El papel cedió como piel.

*Estimada señora Luján: Le informamos que, a partir de la presente fecha, la cuenta corriente número... ha sido congelada de manera preventiva mientras se completa la auditoría interna por irregularidades detectadas en movimientos de los últimos noventa días.*

Leí dos veces. Tres. La cuarta fue porque las letras empezaron a vibrar y necesitaba comprobar que no era yo.

Noventa días. Tres meses de transferencias que conozco una por una porque las firmé yo. La beca de Antonella —la niña de Soacha con la malformación en el corazón. El alquiler del local donde funcionan los talleres de las madres. Los sueldos. Mis veintitrés empleados. Antonella.

Dejé la carta bocabajo, como si esconderle la cara fuera a callarla.

—¿Doctora? —Valentina otra vez—. ¿Quiere que les pase a la sala?

—Dame dos minutos, corazón.

La puerta se cerró. Yo me quedé mirando el ventanal. Cartagena hervía abajo, las buganvillas trepando los balcones como si nada en el mundo se estuviera incendiando. Un crucero entraba a la bahía. Alguien, en algún lado, era feliz.

Me puse de pie despacio. Las piernas me funcionaban. Bueno. Me alisé la blusa de seda color hueso, me retoqué el labial frente al reflejo del cuadro, y practiqué la curva. Arriba, mami. Más arriba. Los ojos también, que si no sonríen los ojos no cuenta.

La reunión duró cuarenta y dos minutos. Sonreí en treinta y nueve. Aprobamos el calendario de la gala benéfica de Las Bóvedas, repasamos el guion de prensa, fingí escuchar a don Ernesto repetir por tercera vez su anécdota del embajador noruego. Cuando la última cabeza salió por la puerta, me senté otra vez. Despacio. Como si el cuerpo fuera ajeno.

Entonces marqué.

—Mauricio. Necesito que mires algo. Movimientos de los últimos tres meses, cuenta principal. Sí, ya. Esperan a fin de mes los proveedores. No, todavía no le he dicho a nadie. ¿Cómo que «alguien las marcó»? ¿Quién marca movimientos legítimos? Mauricio, mírame a los ojos por teléfono y dímelo otra vez.

Mauricio es mi contador desde hace nueve años. Mauricio no se equivoca. Mauricio, esa mañana, sonaba como si alguien le hubiera apretado la garganta.

—Isa, esto no es un error administrativo. Esto es una denuncia. Alguien metió tu nombre en una lista.

Colgué antes de llorar, porque llorar también es una decisión.

Salí al pasillo. Necesitaba aire, agua, un baño donde nadie me viera. El ascensor estaba abierto, vacío, esperándome con esa luz amarilla de oficina que vuelve a cualquiera más viejo.

Entré. Pulsé planta baja.

La puerta empezó a cerrarse y una mano la detuvo.

Una mano de nudillos partidos, soldados mal, como si los hubieran roto varias veces a propósito. Subió el cuerpo detrás. Traje gris carbón, camisa negra abierta dos botones, una cicatriz diagonal asomándose por la clavícula como una firma que el cuello de la seda no alcanzaba a tapar.

—Permiso —dijo.

Dos sílabas. Bogotano neutro, sin acento de costa, sin acento de nada.

El ascensor se cerró.

No se puso al fondo. Se puso a mi lado. A treinta centímetros, calculé después, cuando volví a tener cabeza para calcular. Los hombres educados se ponen al fondo. Este no era educado. Este era otra cosa.

Olía a cuero y a algo seco, mineral, que tardé tres pisos en reconocer como pólvora. Pólvora limpia, no de fiesta. De polígono.

Miré los números bajar. Cinco. Cuatro. Tres.

Él levantó la mano. Yo dejé de respirar. No para tocarme —para alcanzar un mechón que se me había soltado del recogido y caído sobre la solapa, justo encima de la clavícula. Los dedos se detuvieron a un milímetro de la tela. Un milímetro. Sentí el calor de él como se siente una vela cerca de la mejilla.

No me tocó.

Apartó la mano sin haberme rozado, despacio, como quien decide.

Mis pezones se endurecieron debajo de la seda y yo me odié por eso, por el pulso entre los muslos, por la decepción animal de que se hubiera apartado. Llevaba quince años entrenada para no necesitar nada de ningún hombre, y este desconocido me había desarmado sin tocarme.

Levantó los ojos. Gris ceniza. Me miraron como se mira un mapa.

—Señora Luján —dijo, y mi apellido en su boca sonó a contrato firmado—. Sé lo de la cuenta.

La puerta se abrió en planta baja.

—Sé también quién la congeló. Y por qué.

"«Sé también quién la congeló. Y por qué»."

Capítulo 1 terminado

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