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Grasa y Magnolias

Cap. 1 de 20

Capítulo 1

Mudanza y Ruido

Velvet Reels · Nuevo

Rechazo a 5 Alfas

Hace 10 años, Elara fue adoptada por el Alfa de la manada Stormfang para unirse a uno de sus 5 hijos. Pero los hermanos la traicionaron por los engaños de Jenny, una maliciosa sirvienta omega. En su fiesta de 18 años, Elara decide no callar más: rechaza públicamente a los 5 hermanos y anuncia su compromiso con el misterioso y poderoso príncipe lycan, Xavier Lockhart. Cuando los hermanos descubren la verdad e intentan recuperarla, ya es muy tarde. Elara ha encontrado en Xavier a su verdadera pareja, rompiendo su maldición mortal y dejando el pasado atrás.

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La primera vez que escuché el taller fue antes de verlo: un golpe seco de metal contra metal que me hizo apretar la caja de cartón contra el pecho como si fuera un escudo.

La escalera exterior crujía bajo mis tenis. Trece escalones de hierro oxidado que vibraban con cada paso, y abajo, un patio de cemento manchado de aceite donde un Mustang azul polvo dormía como un animal viejo que ya no le tiene miedo a nada. Encima del capó, un perro café con una oreja doblada me miró sin moverse, sin ladrar, sin parpadear. Solo me miró. Como si yo fuera la novedad menos interesante de su tarde.

—Paloma, hija, ¿estás segura?

Mi madre se quedó al pie de la escalera con su bolsa de mandado llena de tamarindos y agua bendita. Amalia Briseño nunca sale de su casa sin una cosa para comer y otra para rezar. Es su forma de salir armada al mundo.

—Mamá, ya firmé.

—Yo sé que firmaste. Pero firmar no es lo mismo que estar segura.

Subí los últimos escalones sin contestarle. Si me daba la vuelta, iba a verle la cara, y si le veía la cara, me iba a quedar. Treinta años pesan distinto cuando los cargas todos en una sola caja.

La puerta del loft se abrió con un quejido de bisagra mal aceitada. Adentro: una sola pieza con techo de lámina, ventilador de aspas anchas que no se movía, suelo de loseta verde menta de los años setenta y una ventana grande, sin cortina, que daba justo sobre el patio del taller. Olía a pintura nueva encima de algo más viejo que la pintura no había alcanzado a tapar. Aceite quemado. Cuero. Mango podrido de los árboles del fondo. El aire de Tuxpan en agosto no se respira, se mastica.

Dejé la caja en el suelo y me asomé por la ventana.

Entonces lo vi.

Estaba inclinado sobre el cofre del Mustang, de espaldas, con una camiseta blanca que alguna vez fue blanca y unos jeans que se le caían dos dedos en la cintura. La gorra negra al revés. Los brazos hundidos hasta el codo en el motor. Desde arriba solo le veía la línea de la espalda, ancha, mojada de sudor en el centro como un mapa que se está dibujando solo.

Me quedé más tiempo del que me hubiera atrevido a admitir.

—¡Paloma! —gritó mi mamá desde abajo—. ¡Te dejo el termo aquí en el escalón!

El hombre del taller levantó la cabeza al oír mi nombre. No me buscó. Solo movió la barbilla un milímetro hacia la voz, como quien registra un ruido y decide si vale la pena guardarlo. Después volvió al motor.

Bajé corriendo, porque mi mamá no se iba a quedar tranquila hasta verme tomar agua, y porque necesitaba aire que no oliera a mí misma.

En el patio, la luz de las cinco de la tarde caía oblicua, dorada, demasiado bonita para un lugar tan feo. Mi mamá ya se había ido —de pronto, sin abrazo, como huye la gente que tiene miedo de que la convenzan de quedarse—. En el escalón, el termo. Al lado del termo, un vaso de unicel con tapa.

—Te dejé café arriba, preciosa. Ese de abajo es nuevo.

La voz vino de mi izquierda, baja, raspada, como si saliera de una garganta que llevaba todo el día sin usarse para hablar y sí para tragar polvo. No me giré de golpe. Me giré despacio, igual que se gira uno cuando teme que el animal salga corriendo.

Él no se movió del Mustang. No me miraba a mí, miraba la llave en su mano como si le estuviera preguntando algo en privado. Tenía los nudillos raspados. Las venas de los antebrazos marcadas igual que cables tensados bajo una piel del color del pan tostado. Olía —desde donde yo estaba, a casi dos metros— a algo químico y a algo limpio al mismo tiempo. WD-40, supongo. Pero también a jabón. Como si se hubiera lavado las manos antes de salir a dejarme el vaso.

—Gracias —dije, y mi voz salió de un cuerpo que no era el mío.

Él asintió una sola vez. Ni siquiera completo. Medio cabeceo. Después se inclinó otra vez sobre el motor y para él la conversación había terminado.

Pero yo seguía ahí.

Di un paso —uno solo, hacia la escalera— y él lo notó. Lo sé porque sus hombros cambiaron de ángulo. No me miró. Solo respiró distinto. Y al pasar a su lado, en el espacio estrecho entre el Mustang y la pared, calculé mal. O él calculó perfecto. No sé cuál de las dos. La cosa es que su brazo, ese brazo grueso de venas-cables, quedó a la altura de mi cintura, a cuatro o cinco centímetros, y yo sentí el calor saliendo de su piel antes que cualquier otra cosa. Calor de motor. Calor de hombre que lleva horas trabajando bajo el sol.

No me tocó.

No me tocó y yo me quedé quieta como si me hubieran clavado al cemento, esperando que el roce llegara, que esos dedos sucios subieran un centímetro y me agarraran del codo, de la blusa, de cualquier cosa. Algo en mí se inclinó. Físicamente. Como una planta hacia una lámpara.

Él despegó el brazo. Despacio. Con una conciencia tan exacta de la distancia que me dieron ganas de gritarle.

—Cuidado con el escalón cuarto —dijo sin levantar la vista—. Está flojo.

Subí los trece escalones con las rodillas raras y el vaso quemándome la palma. Adentro, cerré la puerta. Me apoyé en ella. Cerré los ojos.

Y entonces, abajo, otro motor.

No el del Mustang. Otro. Más grande. Diésel. Se metió al patio sin pedir permiso, frenó en seco, y oí el portazo de una camioneta y dos voces de hombre que no eran la suya.

Una de esas voces dijo mi apellido.

"Una camioneta frena en el patio y una voz desconocida pronuncia mi apellido desde abajo."

Capítulo 1 terminado

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