Capítulo 1
Presentación Fracturada
Rechazo a 5 Alfas
Hace 10 años, Elara fue adoptada por el Alfa de la manada Stormfang para unirse a uno de sus 5 hijos. Pero los hermanos la traicionaron por los engaños de Jenny, una maliciosa sirvienta omega. En su fiesta de 18 años, Elara decide no callar más: rechaza públicamente a los 5 hermanos y anuncia su compromiso con el misterioso y poderoso príncipe lycan, Xavier Lockhart. Cuando los hermanos descubren la verdad e intentan recuperarla, ya es muy tarde. Elara ha encontrado en Xavier a su verdadera pareja, rompiendo su maldición mortal y dejando el pasado atrás.
Ver la serieLa diapositiva treinta y dos se congeló en la pantalla con mi nombre debajo, y supe en ese segundo exacto que había perdido el Proyecto Cristal.
No fue el proyector. Fui yo.
Me quedé en blanco. Catorce inversionistas sentados en sillas Herman Miller, una mesa de cristal del largo de un coche fúnebre, y mi boca abierta sin sonido. La cifra que llevaba meses memorizando —cuatrocientos ochenta millones de pesos en desembolso inicial— se me cayó de la lengua como una moneda por una rejilla.
—¿Señorita Luján? —el de Monterrey, traje gris, pulsera de hilo rojo—. ¿La proyección a cinco años?
La proyección a cinco años vivía en la diapositiva siguiente. La que no logré abrir porque mis dedos resbalaron en el clicker tres veces, como si tuviera grasa en las yemas. Tres veces. Las conté. Ellos también.
—Disculpen. Un segundo.
Un segundo se convirtió en doce. Doce segundos en una sala de juntas de Santa Fe son una sentencia.
Alguien tosió. Otro abrió el celular sobre la mesa, sin esconderlo. Vi el reflejo de WhatsApp en la madera lacada y entendí lo que se siente ser un mueble caro que ya no funciona.
Terminé. No sé cómo. Hablé de márgenes y de absorción de oferta como quien recita en una iglesia donde ya nadie cree. Cuando dije «gracias por su tiempo», nadie aplaudió. El de Monterrey me extendió la mano sin levantarse y eso fue peor que un escupitajo.
Salí del piso treinta y cuatro caminando despacio, porque correr en tacones de aguja delante de la recepcionista que ya te vio fallar es la segunda muerte. Esperé el elevador con la espalda recta y el clicker apretado entre los dedos como si todavía sirviera para algo.
En la calle, Reforma me golpeó con su viento de tarde y el polvo de obra de la torre que están levantando enfrente. Concreto fresco. Olía a concreto fresco, y por algún motivo ese olor me dolió en un sitio que no supe nombrar.
El Uber me dejó en el hotel de Polanco donde Larraín me había reservado la suite ejecutiva para la ronda de cierre del jueves. Jueves. Quedaban setenta y dos horas para volver a sentarme frente a la misma gente y convencerlos de que la mujer que vieron tartamudear hoy era una alucinación colectiva.
No encendí la luz al entrar. Tiré los tacones contra el armario, uno y luego el otro, y oí el segundo golpe como si lo diera otra persona. Me senté en el suelo. Falda lápiz arrugada hasta los muslos, medias rasgadas en la rodilla derecha de un roce con la silla, blusa de seda blanca con una media luna de sudor bajo cada brazo.
Entonces lloré. Sin elegancia. Llorar bonito es una mentira de las películas; yo lloré con la boca abierta y el moco bajándome al labio, y me limpié con el dorso de la mano como una niña de nueve años en una cocina ajena.
Nueve años. Ahí empezó todo, ¿no? Mi madre durmiendo hasta las tres de la tarde, mi padrastro contando los billetes de la despensa con los dedos manchados de aceite. A los quince ya había aprendido que la verdad no paga colegiaturas. Inventé a una sobrina huérfana del señor Castelo, un inversor que necesitaba un proyecto de caridad fiscal antes de marzo. Falsifiqué un acta. Le firmé cartas con la letra que practiqué dos semanas en cuadernos del Oxxo. Él pagó tres años de preparatoria privada y nunca preguntó por qué la niña tenía los ojos de su sobrina muerta y la voz tan parecida a la mía.
Nadie me descubrió. Esa fue la lección que me jodió la vida: las versiones bien construidas sobreviven. La verdad, no.
Vendí versiones desde entonces. La becaria brillante. La consultora junior incorruptible. La fundadora de boutique de estrategia inmobiliaria con un equipo de doce —son seis, y dos son pasantes—. La mujer que cierra el Proyecto Cristal con Briceño Capital antes de los treinta y dos.
Esa última versión hoy se rompió frente a catorce hombres con relojes suizos.
Me arrastré hasta la cama sin levantarme del todo, como un animal con la pata mal. Encendí el celular. Veintidós llamadas perdidas. Diecinueve de mi socia. Tres de un número sin guardar con prefijo de Ciudad de México.
Un mensaje de voz del número desconocido. Cuarenta y un segundos.
Lo puse en altavoz porque no soportaba pegármelo a la oreja.
—Señorita Luján. —Voz grave, masculina, sin prisa. Cada sílaba puesta donde tenía que estar—. Soy Álvaro Briceño. Estuve atrás de la sala hoy. No me vio porque entré cuando usted ya iba en la diapositiva veintiocho. —Una pausa. Lo oí respirar. Hondo, controlado—. Le voy a ahorrar la versión diplomática: el consorcio se cae el jueves si usted vuelve sola a esa mesa. Eso lo sabemos los dos. —Otra pausa. Más larga—. Suba al treinta y siete del hotel donde está hospedada. Suite presidencial. La espero a las nueve. Tengo una propuesta que no va a aparecer en ningún correo. Si no sube, mañana a las ocho en punto retiro mi capital del proyecto y usted desaparece del mercado en sesenta días. Si sube… —el silencio fue exacto, medido al milímetro— le voy a pedir algo que ninguna mujer cuerda aceptaría. Por eso la estoy llamando a usted.
El mensaje terminó.
Me quedé mirando el techo de yeso con molduras doradas, el corazón golpeándome contra la blusa sudada, las medias rotas en la rodilla, el clicker todavía en el puño cerrado.
Miré el reloj de la mesita.
Ocho y cuarenta y dos.
Y entonces, debajo del pánico, sentí algo peor: ya sabía exactamente lo que él iba a pedirme. Lo supe antes de levantarme. Lo supe como se sabe que va a llover en la Doctores: por el peso del aire.
Lo supe porque yo también lo había pensado esa misma mañana, en la regadera, como una broma desesperada que descarté.
"Lo supe antes de subir al treinta y siete: el hombre que nunca había visto en persona iba a pedirme que me casara con él, y yo ya tenía preparado el sí."
Capítulo 1 terminado
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