Capítulo 1
Regreso Marcado
Rechazo a 5 Alfas
Hace 10 años, Elara fue adoptada por el Alfa de la manada Stormfang para unirse a uno de sus 5 hijos. Pero los hermanos la traicionaron por los engaños de Jenny, una maliciosa sirvienta omega. En su fiesta de 18 años, Elara decide no callar más: rechaza públicamente a los 5 hermanos y anuncia su compromiso con el misterioso y poderoso príncipe lycan, Xavier Lockhart. Cuando los hermanos descubren la verdad e intentan recuperarla, ya es muy tarde. Elara ha encontrado en Xavier a su verdadera pareja, rompiendo su maldición mortal y dejando el pasado atrás.
Ver la serieEl autobús me escupió en la terminal de Culiacán a las cuatro y media de la tarde, con el sol todavía mordiendo el asfalto como un perro hambriento.
Bajé con una sola maleta y un nombre que no era el mío cosido en el forro del pasaporte.
Paloma Estrada. Contadora. Treinta y un años. Soltera. Sin antecedentes, sin familia registrada, sin razón aparente para estar pisando este estado.
El apellido era de mi madre. Lo único que pude conservar después de que enterraran a mi padre en una caja cerrada porque no había suficiente cara que mostrar.
—¿Taxi, señito? —me preguntó un hombre con sombrero de palma.
—No, gracias. Me esperan.
Mentira. A mí no me esperaba nadie en este mundo. Eso era precisamente la ventaja.
Crucé la avenida arrastrando la maleta por las baldosas reventadas. El calor me pegaba la blusa a la espalda, los rizos a la nuca, y aun así caminé sin apurarme. Llevaba once años preparando este regreso. Once años aprendiendo balances, fiscalidad de empresas pantalla, regímenes mexicanos de aguacate y de cítricos. Once años puliendo una sonrisa que no temblara cuando escuchara la palabra Cadena.
No iba a correr ahora.
El café se llamaba La Curva. Una fonda con manteles de hule a cuadros, ventilador oxidado y olor a frijoles refritos. Me senté en la mesa del rincón, de espaldas a la pared, de frente a la puerta. Mi padre me enseñó eso a los siete años, sin saber que me estaba enseñando a sobrevivirlo a él.
—Café de olla, por favor. Sin azúcar.
El flashback me cayó encima antes de que la taza tocara la mesa.
La cocina de mi casa. El piso de losa fría bajo las rodillas. Mi madre tapándome la boca con una mano que temblaba tanto que casi me ahoga más que las balas. El olor a pólvora mezclado con el caldo de pollo que se quemaba en la estufa. Mi padre cayendo de espaldas con los ojos abiertos, sorprendidos, como si no terminara de creer que el mundo pudiera tratarlo así.
Parpadeé. La taza humeaba. El ventilador chirriaba. Yo seguía aquí. Treinta y un años, no doce.
—¿Estrada?
Levanté la vista despacio. Un hombre flaco, lentes de pasta, camisa beige sudada en las axilas. No me dio la mano. Se sentó frente a mí y deslizó un sobre marrón debajo de la servilletera.
—Eres puntual. Eso le va a gustar.
—¿A quién?
—Al patrón. —Bebió de mi café sin pedir permiso—. Mañana a las nueve te recoge una camioneta blanca en el Pemex de la salida norte. Llevas tus credenciales, tu título y la cara de quien no preguntó nada en el camino. Te van a llevar a la hacienda Los Santos. Vas a llevar las cuentas de los aguacateros.
—¿Y las otras cuentas?
Me miró por encima de los lentes. Una sonrisa que no era sonrisa.
—Esas se las gana una.
Abrí el sobre apenas un dedo. Una identificación nueva, un contrato de trabajo legal, un número de teléfono garabateado en una esquina. Y una hoja escrita a máquina con cuatro líneas:
*Don Isauro Cadena no pregunta dos veces.*
*No mires a los ojos hasta que él te hable.*
*No menciones a nadie de tu pasado.*
*Si alguien te llama por otro nombre, no contestes.*
—¿El fiscal Reséndiz sigue cubriéndolos? —pregunté en voz muy baja.
El hombre se quedó quieto. Tres segundos. Cuatro.
—Ese nombre no se dice en voz alta en este estado, muchacha. Ni susurrado. Si lo vuelves a soltar delante de mí, me levanto y nunca me viste.
—Entendido.
—Reséndiz firma lo que le ponen delante desde el noventa y ocho. Si lo que buscas es a él, vas a tener que llegar primero a quien le paga. Y a quien le paga le dicen patrón. ¿Te queda claro lo grande que es lo que estás pisando?
Me quedaba clarísimo.
Mi padre era contador de un molino de harina en Badiraguato. Un hombre que sumaba columnas y rezaba el rosario los miércoles. Alguien decidió que sabía demasiado de no sé qué movimiento, y mandó hombres a la casa un martes a la hora de la cena. Mataron a mi padre, a mi tío y al perro. A mi madre la dejaron viva por error, o por crueldad, dependiendo del día en que se lo preguntes a Dios. Murió de pena seis años después, lo cual técnicamente cuenta como asesinato tardío.
Nunca hubo investigación. Nunca hubo nombres. Solo un expediente archivado por el fiscal Reséndiz y un silencio que se tragó al pueblo entero.
Yo aprendí números porque los números no mienten cuando uno sabe leerlos. Y porque los hombres como Isauro Cadena guardan sus secretos en libros contables antes que en confesiones.
El contacto se levantó sin despedirse. Pagó el café que se había bebido. Salió.
Me quedé sola con el sobre y con un temblor minúsculo en el dedo meñique que no le iba a permitir a nadie.
Tomé un cuarto en un motel de carretera a tres kilómetros. Una cama angosta, un ventilador que sonaba a moneda en lavadora, un crucifijo torcido sobre el cabecero. Abrí la maleta para sacar el pijama y entonces lo vi.
Un papel doblado en cuatro, entre mis blusas dobladas con la prolijidad de quien las planchó dos veces. Yo no había puesto ese papel ahí. Yo había hecho esa maleta en una pensión de Guadalajara, sola, con la puerta cerrada con llave y la silla atrancada bajo la manija.
Lo desdoblé con las manos frías.
Una sola línea. Tinta negra. Letra de hombre.
*Sabemos quién eres, Paloma. Y sabemos por qué vuelves. Bienvenida a casa.*
"Una sola línea. Tinta negra. Letra de hombre. *Sabemos quién eres, Paloma. Y sabemos por qué vuelves. Bienvenida a casa.*"
Capítulo 1 terminado
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