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Conteo Regresivo

Cap. 1 de 20

Capítulo 1

Contar baldosas

Velvet Reels · Nuevo

Rechazo a 5 Alfas

Hace 10 años, Elara fue adoptada por el Alfa de la manada Stormfang para unirse a uno de sus 5 hijos. Pero los hermanos la traicionaron por los engaños de Jenny, una maliciosa sirvienta omega. En su fiesta de 18 años, Elara decide no callar más: rechaza públicamente a los 5 hermanos y anuncia su compromiso con el misterioso y poderoso príncipe lycan, Xavier Lockhart. Cuando los hermanos descubren la verdad e intentan recuperarla, ya es muy tarde. Elara ha encontrado en Xavier a su verdadera pareja, rompiendo su maldición mortal y dejando el pasado atrás.

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Ciento veintisiete baldosas desde la verja hasta la puerta principal. Las cuento dos veces porque la primera me tembló la voz por dentro.

Es un truco viejo. Mi terapeuta lo llamó *anclaje*; yo lo llamo respirar sin que se note. Mientras cuento, no pienso en el correo electrónico que me trajo aquí, ni en la dirección que tuve que buscar tres veces en el mapa, ni en el hecho de que el hombre que me espera al otro lado llevaba siete años muerto hasta hace dos semanas.

Ciento veintisiete. Las baldosas son de piedra coralina, gastadas por siglos de pisadas coloniales, calientes incluso a la sombra. Cartagena en mayo es un horno con cortinas de agua: el aire pesa, se mete bajo la blusa, lame la nuca. Sudo y odio que se note.

La casona está amurallada. Buganvilias moradas trepan por encima del alambre de púas como si quisieran disimularlo, y casi lo consiguen. Casi. Cuento las cámaras también, porque contar es lo que hago: tres en la fachada, dos en los arcos del patio, una giratoria sobre la puerta. Seis ojos negros. Seis.

Un guardia con uniforme oscuro me revisa el bolso sin mirarme la cara. Me devuelven el móvil con la cámara tapada con cinta blanca.

—Reglas de la casa, señorita Salcedo —dice.

No pregunto. Prometí no preguntar.

El patio interior huele a jazmín podrido y a metal. Hay una fuente apagada, sillas de hierro, una palmera enana en una maceta de barro. Y al fondo, bajo un arco de medio punto, está él.

Isaías.

Mis pulmones se olvidan de para qué sirven.

Lo había imaginado mil veces en estos años. En ataúd. En cenizas. En la imagen oficial que me entregaron plegada en cuatro y que nunca abrí. Nunca lo imaginé así: de pie, vivo, con un auricular negro asomando en la oreja izquierda y los hombros más anchos que mi memoria, llenando un umbral como si lo hubieran construido a su medida.

Lleva camisa negra arremangada hasta el codo. Veo los nudillos antes que la cara —rotos, vueltos a romper, con esa mancha oscura debajo de la uña del pulgar que solo deja el aceite de pistola—. La cicatriz le cruza la clavícula igual que en mi sueño recurrente, pero más blanca, más vieja.

Los ojos no me reconocen. Me *escanean*. Veo el milisegundo exacto en que mide la salida que tengo detrás, el peso de mi bolso, mi pulso en el cuello.

—Señorita Salcedo. —Su voz es grava. Más baja de lo que recuerdo, como si la hubiera apagado a propósito—. Por aquí.

*Señorita Salcedo.*

Dos palabras. Dos. Y algo dentro de mí se rompe en silencio, limpio, sin testigos. Cuento las baldosas del patio para no llorar: nueve, diez, once, doce.

Él camina delante. No me toca. No me toca y aun así siento dónde estaría su mano si la pusiera —el espacio entre sus dedos y mi codo es un campo eléctrico de quince centímetros que me eriza el vello del antebrazo—. Huele a algo limpio sobre algo metálico. Jabón blanco y pólvora seca.

Subimos una escalera de caracol estrecha. Tan estrecha que en el rellano él se aparta para dejarme pasar y nos quedamos quietos los dos, espalda contra pared él, frente contra nada yo, y la distancia entre su pecho y mi hombro es de un suspiro mal medido.

Levanto la cara.

No debo, pero lo hago.

Él está mirando un punto sobre mi cabeza —la cámara del techo, lo sé sin mirar— y su mandíbula se aprieta una vez. Una sola. Un músculo bajo la piel afeitada que se tensa y se suelta como si hubiera decidido algo y lo hubiera deshecho en el mismo segundo.

Levanta la mano.

Mi corazón se cae dos pisos.

No va hacia mí. Va hacia la pared, detrás de mi oreja, donde un mechón de pelo se me ha pegado al sudor del cuello. Sus dedos pasan a un centímetro. Quizá menos. Siento el calor de su palma como si me hubiera tocado, siento el roce que no existe, siento que mis pezones se endurecen bajo la blusa por un hombre que ni siquiera me ha rozado y la humillación de saberlo me sube a la cara.

Él no toca el mechón.

Retira la mano.

Un parpadeo. Un cambio de peso. Y ya está pasando de largo, abriendo una puerta de madera oscura al final del pasillo.

—Su habitación. —Voz plana—. Hay agua en la mesa. La cerradura es biométrica, ya está sincronizada con su huella. Si necesita algo, hay un botón al lado de la cama.

Entro como una sonámbula. Cuento los pasos: uno, dos, tres, cuatro. La cama está hecha con esquinas militares. Hay un vaso de agua. Lleno. Frío. Con una rodaja de limón. Alguien —él— pensó en el limón.

Me giro para darle las gracias.

Pero Isaías está en el umbral, una mano en el marco, la otra rozando la culata de la pistola al cinto como si fuera un rosario, y por primera vez en siete años me mira de verdad. Solo un segundo. Solo lo que dura un latido.

Es suficiente para entender que él tampoco está respirando.

—Bienvenida a Getsemaní —dice—. No salga del complejo sin avisarme.

La puerta se cierra.

Me quedo de pie en el centro de una habitación que huele a jazmín y a hombre, y descubro que las baldosas del suelo son cuadradas, blancas y negras, doce por nueve, y que se me ha olvidado cómo se respira sin contar.

Entonces el móvil vibra en mi mano.

Un número desconocido. Un mensaje de tres palabras y un número detrás.

*Conteo iniciado. 80.*

"Un número desconocido en el móvil. Tres palabras: *Conteo iniciado. 80*. Y el ruido de unas botas que ya no se alejan al otro lado de mi puerta."

Capítulo 1 terminado

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