Capítulo 1
Huella en la Cocina
Rechazo a 5 Alfas
Hace 10 años, Elara fue adoptada por el Alfa de la manada Stormfang para unirse a uno de sus 5 hijos. Pero los hermanos la traicionaron por los engaños de Jenny, una maliciosa sirvienta omega. En su fiesta de 18 años, Elara decide no callar más: rechaza públicamente a los 5 hermanos y anuncia su compromiso con el misterioso y poderoso príncipe lycan, Xavier Lockhart. Cuando los hermanos descubren la verdad e intentan recuperarla, ya es muy tarde. Elara ha encontrado en Xavier a su verdadera pareja, rompiendo su maldición mortal y dejando el pasado atrás.
Ver la serieLa sangre fresca huele a moneda chupada, a hierro recién mordido, y yo ya no me asusto de ese olor. Me asusta lo otro: que no me asuste.
Llevo de rodillas en el linóleo de la cocina lo que dura un narcocorrido entero en la radio del vecino de abajo. Trapo blanco, agua tibia, una gota de cloro —solo una, más y se queda el cerco amarillo que delata—. Frotar en círculos contra el grano, nunca a favor. Aprendí eso a los catorce, cuando mi madre me enseñó a borrar lo que mi padre dejaba en las paredes antes de que llegaran las visitas del domingo.
La herida es mía esta vez. Un corte limpio en la palma, de cuando se me reventó el frasco de mayonesa al cerrar el puño demasiado rápido porque alguien tocó dos veces el timbre y se fue. Dos toques. Mi madre tocaba así.
Mi madre lleva cuatro años sin tocar a ninguna puerta.
Me muerdo el labio y aprieto el trapo contra la palma. La gasa la tengo en el botiquín del baño, pero el botiquín está al otro lado del pasillo y el pasillo, esta noche, me parece una autopista a cielo abierto. Mejor el trapo. Mejor terminar primero el piso. Las prioridades de una mujer que sobrevive son raras: la sangre del piso antes que la de la mano. Si alguien entra y ve manchas, sabe. Si alguien entra y me ve a mí con la mano vendada, asume que me caí. Las mujeres de la Independencia siempre nos caemos.
La colonia, afuera, suena como siempre suena Monterrey en julio: motores cansados, un perro ladrándole a su propia hambre, el zumbido de los postes de luz que parecen a punto de tronar y nunca truenan. Cuarenta grados a las once de la noche. El abanico de techo mueve el aire caliente de un lado al otro como quien revuelve sopa.
Frotar. Enjuagar. Frotar.
Me digo que mañana llamo a doña Cuca para preguntarle si me consigue turnos extra en la casa de los Villarreal, en San Pedro. Que el lunes paso a la papelería a sacar copias del INE para el trámite. Que el martes —
Un susurro de papel.
Levanto la cabeza tan rápido que se me va la sangre del cuello a las sienes. Bajo la puerta de la entrada, donde el linóleo se acaba y empieza la duela despintada, asoma un rectángulo blanco. Despacio, como si una mano del otro lado lo estuviera empujando con un dedo. Lo veo deslizarse dos centímetros, tres. Detenerse.
No se oyen pasos al alejarse. Eso es lo peor. Quien lo metió por debajo se quedó ahí, del otro lado de mi puerta, escuchándome respirar.
Dejo el trapo en el suelo. No me levanto. Gateo. Aprendí a gatear en silencio antes de aprender a caminar derecha; mi padre dormía la borrachera en la sala y un crujido te costaba el labio. Las rodillas me arden contra el linóleo todavía húmedo. Llego al papel. Es una hoja doblada en cuatro, blanca, de cuaderno barato. La esquina tiene una huella marrón pequeña, del grosor de un pulgar. No es tinta.
La abro con la mano que no sangra.
Una sola línea, escrita en mayúsculas con plumón negro, trazo grueso de quien apretó:
SABEMOS QUE HABLASTE CON DON CHENTE.
Y abajo, sin punto final, sin firma de nombre, una sola palabra que me cierra la garganta como un nudo corredizo:
SALCEDO.
Mi apellido. El de mi padre. El que dejé de pronunciar en voz alta el día que firmé los papeles de Héctor y pensé, ingenua de mierda, que casarme me cambiaba la sangre.
Nadie en esta colonia me llama Salcedo. Aquí soy Irene la del 4. Irene la que limpia. Irene la callada. Salcedo es un nombre de expediente, un nombre de juzgado, un nombre que sólo conoce quien tiene acceso a papeles que yo creía enterrados.
La hoja me tiembla. No yo: la hoja. Como si el papel tuviera miedo por mí.
Don Chente es el viejito del 2, el del canario. Hablé con él tres días, tres frases cada vez, junto al tinaco. Le pregunté si había visto pasar la camioneta gris de Héctor por la calle. Eso fue todo. Tres preguntas tontas a un viejo que se está quedando sordo.
Alguien me vio. Alguien me escuchó. Alguien le pasó la información a alguien más, y ese alguien tuvo tiempo, ganas y permiso para venir hasta mi puerta a recordármelo.
Me arrastro hasta la pared y me siento contra el zoclo. La mano me late. El corte se abrió otra vez con el movimiento; una gota cae en mi muslo, redonda y oscura sobre la tela del short. La miro caer y pienso, con una calma que me da más miedo que la nota, que llevo toda la noche limpiando sangre que no era importante y se me olvidó la mía.
Afuera, el perro deja de ladrar.
Es el silencio lo que me hace girar la cabeza hacia la puerta otra vez. El silencio de un animal callejero que llevaba horas sin callarse y de pronto se calla. Los perros de la Independencia se callan por dos cosas: porque les dieron de comer, o porque pasó alguien que conocen.
La cerradura. Reviso la cerradura desde el suelo, con los ojos. Pasador echado. Cadena puesta. El picaporte quieto.
Quieto.
Entonces gira.
Despacio, sin ruido, dos milímetros hacia abajo, como si del otro lado alguien probara con la palma abierta si esta noche me dio por dejar abierto.
"El picaporte gira dos milímetros sin un solo ruido, y yo, sentada en el suelo con la nota temblando en una mano y mi propia sangre en la otra, descubro que olvidé poner el segundo cerrojo."
Capítulo 1 terminado
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