Capítulo 1
Puerta Sellada
Rechazo a 5 Alfas
Hace 10 años, Elara fue adoptada por el Alfa de la manada Stormfang para unirse a uno de sus 5 hijos. Pero los hermanos la traicionaron por los engaños de Jenny, una maliciosa sirvienta omega. En su fiesta de 18 años, Elara decide no callar más: rechaza públicamente a los 5 hermanos y anuncia su compromiso con el misterioso y poderoso príncipe lycan, Xavier Lockhart. Cuando los hermanos descubren la verdad e intentan recuperarla, ya es muy tarde. Elara ha encontrado en Xavier a su verdadera pareja, rompiendo su maldición mortal y dejando el pasado atrás.
Ver la serieLa campana de laudes lleva veintitrés días pidiéndome que rece y veintitrés días que finjo no oírla.
Abro los ojos antes que ella suene, como siempre. El truco no lo aprendí aquí; lo aprendí a los catorce, en la clínica de Hermosillo donde mi madre me dejó con una bolsa de ropa doblada y un beso que olía a pintalabios marca Avon. Si despiertas antes que el enfermero, eres tú quien decide quién eres ese día. Si despiertas después, te lo deciden ellos.
La celda mide tres pasos por cuatro. Lo sé porque los he contado cada mañana desde que llegué al Convento de Nuestra Señora del Lirio. Suelo de barro cocido, agrietado en el rincón donde mi pie izquierdo gusta de pararse. Una cruz de madera sobre la cama —Cristo sin pintar, con la espalda lijada por décadas de monjas pasándole el pulgar—. Una jarra de peltre azul con agua que sabe a piedra. Y la ventana.
La ventana es la única mentira hermosa de este lugar. Da al claustro de cantera rosa, y a esta hora —cuando el desierto todavía no decide si va a ser cruel— la piedra se vuelve color durazno mordido. Si entrecierro los ojos, puedo imaginar que estoy en otro siglo. Que soy otra mujer. Que nadie firmó nunca un papel diciendo que mis deseos eran un padecimiento.
—Buena chica —murmuro contra la almohada, y la risa me sale rota antes de morderla.
Es lo que me decía mi madre cada vez que cedía. Cada vez que me callaba un sueño. Cada vez que aceptaba que la niña que escribía cuentos sobre mujeres besando a hombres prohibidos era una niña descompuesta y no una niña, simplemente, que sentía demasiado. *Buena chica, Lúa. Las niñas como tú se arreglan*. Como un grifo. Como un dobladillo torcido. Como algo que la fábrica devolvió mal.
Me siento en la orilla del catre y saco el cuaderno de debajo del colchón.
Este es mi rito. Antes de la campana, antes del agua bendita, antes de las miradas de la Madre Superiora que me revisan como quien busca termitas en una viga. El cuaderno tiene tapas de cartón forrado con tela de costal. Dentro: historias. Mías. Inventadas. Una mujer que se escapa por una ventana hacia un hombre que la espera con un caballo. Una novicia que aprende a leer la boca de un confesor. Una huérfana que descubre que el demonio del que le hablaban era, en realidad, su propio cuerpo pidiendo aire.
Escribo tres líneas y me detengo.
Porque algo, abajo, en el claustro, se mueve.
Me acerco a la ventana sin pensarlo —el cuerpo va antes que la cabeza, eso lo sé desde niña— y apoyo la frente contra el barrote frío. La piedra me chupa el calor de la piel y me lo devuelve como una caricia que no pedí.
Es un fraile. Alto. La sotana negra le come la luz alrededor. Camina despacio entre las arcadas, leyendo. Lleva un breviario abierto en una mano y la otra colgando del costado, larga, los dedos relajados como si no supieran que existen. No le veo la cara. Solo el corte de la mandíbula cuando gira para doblar la esquina del claustro —una línea recta que se aprieta de pronto, sin razón visible, y se suelta como quien recuerda dónde está—. El crucifijo le pega un golpe seco contra el pecho cada cuatro pasos. Lo cuento. Cuatro pasos, golpe. Cuatro pasos, golpe.
No es ritmo de oración. Es ritmo de alguien que huye despacio.
Me doy cuenta de que estoy conteniendo la respiración cuando el aire me sale solo y empaña el hierro frente a mi nariz. El vaho se queda ahí, en el barrote, como una huella que delata. La borro con la manga del camisón.
No, Lúa. Esto no.
Me aparto de la ventana como si quemara. Vuelvo al catre. Cierro el cuaderno. Lo guardo. Me alisó el cabello con las dos manos —gesto de mi madre, siempre el gesto de mi madre cuando algo en mí se descomponía— y recito en voz baja, como me enseñaron en la clínica, la lista de razones por las que mis deseos no son de fiar.
Uno: la doctora Fierro dijo que confundo cariño con peligro.
Dos: mi madre firmó tres formularios para internarme. Tres. Una firma para arrepentirse, dos para resistir, tres para no volver atrás.
Tres: cada vez que he querido a alguien, ese querer me ha costado un piso, una cama, un nombre nuevo en una pulsera de plástico.
Cuatro —y esta la inventé yo, no me la enseñó nadie—: los hombres que caminan leyendo en latín no son hombres. Son paredes con voz. Y las paredes no se miran como yo acabo de mirar esa.
La campana suena por fin. Tres golpes graves que bajan por la cantera y se me meten por las plantas de los pies descalzos. Me visto deprisa: la bata gris de interna, las sandalias de cuero crudo, el rosario que la Madre me obligó a colgarme y que yo uso como collar, no como rezo.
Antes de salir, vuelvo a mirar la ventana una última vez. El claustro está vacío. El fraile ya no está. Solo queda el sol arrastrándose por la piedra rosa, y un pensamiento que no debería tener, no aquí, no yo, no después de todo lo que me ha costado fingir que estaba arreglada:
*Quiero saber cómo se llama*.
Abro la puerta de mezquite, que cede con un quejido, y entonces la veo. Pegada a la madera por dentro, a la altura de mis ojos, con cuatro chinchetas oxidadas en las esquinas: una hoja amarillenta con mi nombre escrito a máquina.
*Lúa Paredes Quintanar — Ingreso: 14 de febrero. Diagnóstico provisional: trastorno fabulatorio con componente erótico. Tratamiento sugerido: clausura prolongada. Firmado: Aurora Quintanar (madre) y dirección clínica del convento*.
Veintitrés días aquí. Veintitrés. Y nadie, nunca, me dijo que la puerta de mi celda tenía mi sentencia clavada por dentro.
"Veintitrés días aquí. Veintitrés. Y nadie, nunca, me dijo que la puerta de mi celda tenía mi sentencia clavada por dentro."
Capítulo 1 terminado
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