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Liturgia de Cenizas

Cap. 1 de 20

Capítulo 1

Ceniza Inicial

Velvet Reels · Nuevo

Rechazo a 5 Alfas

Hace 10 años, Elara fue adoptada por el Alfa de la manada Stormfang para unirse a uno de sus 5 hijos. Pero los hermanos la traicionaron por los engaños de Jenny, una maliciosa sirvienta omega. En su fiesta de 18 años, Elara decide no callar más: rechaza públicamente a los 5 hermanos y anuncia su compromiso con el misterioso y poderoso príncipe lycan, Xavier Lockhart. Cuando los hermanos descubren la verdad e intentan recuperarla, ya es muy tarde. Elara ha encontrado en Xavier a su verdadera pareja, rompiendo su maldición mortal y dejando el pasado atrás.

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La encontré con la boca cosida.

No con hilo. Con cera negra, pulcra como una firma. Alguien le había sellado los labios a mi madre antes de meterla en el ataúd de roble que la funeraria insistió en llamar «sobrio» y «digno», y nadie en esta sala parecía notarlo. O lo notaban y se persignaban, que es la forma educada de mirar a otro lado en Ciudad Quemada.

Apreté el rosario hasta que las cuentas me dejaron media luna en la palma. No iba a llorar. No frente a ellos.

La capilla del Distrito del Velo olía a gardenia podrida y a lluvia ácida filtrándose por las vidrieras agrietadas. Los faroles de gas titilaban junto a un tubo de neón mal cableado sobre el altar, y esa luz doble —ámbar y violeta— hacía que el rostro de mi madre pareciera tallado en dos materiales distintos. Cera de un lado. Carne ajena del otro.

—Mi sentido pésame, señorita Saldívar.

Asentí sin mirar a quien lo dijera. Llevaba tres horas asintiendo. Tres horas sonriendo con esa media sonrisa que mi madre me enseñó a usar cuando algo no era asunto de nadie. *Sonríe poco y bajito, m'hijita. La gente perdona la tristeza, pero no la dignidad.*

Me acerqué al ataúd cuando se vació el pasillo.

El vestido lo había elegido yo. Lino crudo, mangas largas, cuello alto. El vestido que ella se ponía para los domingos en que no creía en Dios pero le gustaba el café después. Lo que no había elegido yo era la sábana que asomaba por debajo, plegada bajo sus hombros como un detalle litúrgico.

Me incliné. Olí a incienso barato y a algo más, debajo. Hierro viejo. Tiza húmeda.

Entonces lo vi.

En el dobladillo del lino, justo sobre el corazón, alguien había bordado en hilo del mismo color de la tela —invisible a ojo distraído— una espiral abierta con siete nodos. Seis cerrados. El séptimo, partido. Pasé la yema del pulgar y sentí el relieve, mínimo, como una cicatriz adentro de la ropa.

Mi madre no bordaba. Mi madre odiaba bordar.

Levanté un milímetro la sábana que asomaba. En el borde, escrita con tinta que el calor de la capilla había empezado a oxidar, una sola palabra en alfabeto que reconocí porque ella me había prohibido aprenderlo a los nueve años.

*Liturgia.*

Se me cerró la garganta como una puerta.

—¿Señorita?

No escuché llegar al hombre. Eso ya tendría que haberme dicho algo. Me giré despacio, dejando caer la sábana, ordenándome la cara antes de levantar los ojos.

Bata gris del Ministerio. Guantes de látex todavía puestos, una mancha rojiza en el índice derecho. Identificación al cuello: Conrado Fierro, Forense Liminal. Tenía la mirada de quien ha visto demasiadas cosas y aprendió a clasificarlas en lugar de soñarlas.

—Disculpe la intromisión —dijo, bajito, vigilando la puerta—. Necesito hablar dos minutos con la familia directa. ¿Es usted la hija?

—La única.

Me miró el rosario, las uñas comidas, el luto bien planchado. Calculó algo. Decidió.

—No firme el certificado de defunción que le traerán mañana —dijo—. No así.

—¿Perdón?

—Su madre no murió de paro cardíaco, señorita Saldívar. —Hizo una pausa, eligiendo cada palabra como quien camina sobre vidrio—. Tiene marcas internas que no se hacen solas. Y la disposición del cuerpo cuando la encontraron… —tragó— era ritual. Limpia. Profesional.

La capilla se inclinó dos grados. Me sostuve del borde del ataúd. La madera estaba fría y eso me ancló.

—¿Qué clase de ritual?

—No me corresponde a mí…

—¿Qué clase, doctor.

Mi voz salió plana. No reconocí esa voz. Me gustó.

Fierro miró otra vez la puerta. Se acercó medio paso. Olía a formol y a menta para tapar el formol.

—El bordado que acaba de tocar. La palabra en la sábana. La forma en que le cerraron los labios. —Bajó la voz hasta hacerla casi vapor—. Eso pertenece a un grimorio prohibido. No circula desde hace cuarenta años. Si lo está viendo, es porque alguien con licencia de evocación lo está usando otra vez. Y eso, señorita, no lo hace un loco solo. Lo hace una casa.

*Una casa.* Un aquelarre.

—¿Por qué me dice esto a mí y no al Ministerio?

Sonrió sin sonreír.

—Porque mañana mi informe va a decir paro cardíaco. Me lo van a pedir educadamente. Y yo tengo dos hijos. —Se quitó el guante manchado, lo guardó en el bolsillo, me dejó una tarjeta blanca en la palma sin tocarme los dedos—. Usted decida qué hace con esto. Entiérrela en paz, o entiérrela en guerra. Las dos cosas son legítimas. Yo solo le doy la opción.

Se fue antes de que yo pudiera articular nada.

Me quedé sola con mi madre y con el ruido del neón.

Miré la tarjeta. Un número, sin nombre. Detrás, a lápiz: *Aquelarre de Sangre Vieja. No vayas sola. No vayas si no estás dispuesta a no volver siendo la misma.*

Me reí. Bajito, ronco, una risa que no había usado nunca antes y que me supo a algo metálico. Mi madre me había enseñado a sonreír poco y bajito. No me había enseñado a reírme así.

Volví a mirarla. La cera negra en los labios. La espiral de siete nodos sobre el corazón. La palabra prohibida ardiendo despacio en la sábana.

—Te juro —susurré, y le acomodé el cuello del vestido como cuando era niña y se quedaba dormida en el sillón—. Te juro que voy a saber quién. Te juro que voy a saber por qué. Y cuando lo sepa, mamá, no voy a llamar a la policía.

Guardé la tarjeta en el corpiño, contra el esternón, donde otras mujeres guardan estampitas.

Entonces, al enderezarme, vi lo que se me había escapado tres horas enteras.

En el reverso interno de la tapa abierta del ataúd, marcado con uña sobre el barniz fresco, alguien había firmado con mi nombre.

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"Mi nombre, rasgado en la madera, encima del cuerpo de mi madre. Como si yo fuera la siguiente. O como si ya fuera cómplice."

Capítulo 1 terminado

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