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Sal en la Herida

Cap. 1 de 20

Capítulo 1

Reglas y Mentiras

Velvet Reels · Nuevo

Rechazo a 5 Alfas

Hace 10 años, Elara fue adoptada por el Alfa de la manada Stormfang para unirse a uno de sus 5 hijos. Pero los hermanos la traicionaron por los engaños de Jenny, una maliciosa sirvienta omega. En su fiesta de 18 años, Elara decide no callar más: rechaza públicamente a los 5 hermanos y anuncia su compromiso con el misterioso y poderoso príncipe lycan, Xavier Lockhart. Cuando los hermanos descubren la verdad e intentan recuperarla, ya es muy tarde. Elara ha encontrado en Xavier a su verdadera pareja, rompiendo su maldición mortal y dejando el pasado atrás.

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La perfección no se hereda, se ensaya.

Lo aprendí a los siete, frente al espejo del recibidor, mientras mi madre me sujetaba la barbilla y me explicaba que las niñas bonitas no fruncían el ceño cuando papá llegaba tarde. Las niñas bonitas sonreían. Las niñas bonitas eran queridas.

Veintidós años después, sigo ensayando.

Son las nueve y catorce de la noche, y mi departamento en la Condesa huele a gardenia recién cortada y a café que se enfría en la taza correcta —cerámica gris, no blanca, porque el blanco delata el carmín—. Tengo abiertos tres dispositivos sobre la mesa de mármol: la laptop, la tablet y el celular personal. El segundo celular, el que nadie sabe que existe, vibra boca abajo dentro del cajón cerrado con llave.

Reviso mi agenda como quien reza.

Mañana, nueve en punto: yoga. Mensaje programado para Renata —«hermanita, ¿cómo amaneciste?»— a las nueve y media, porque el cariño espontáneo se ve mejor cuando lo siembras a horario. Almuerzo con la editora de *Vogue Latam*: pediré ensalada, no postre, reiré dos veces de sus chistes y una de los míos. A las cuatro, manicura. A las siete, el evento que importa.

A las siete, *Lazarte*.

Me muerdo el labio inferior y enseguida me suelto, porque mordérmelo lo hincha y lo hincha lo vuelve vulgar. *Suaviza la mandíbula, Irene. Respira por la nariz.* Mi madre me dejó frases enteras instaladas en la cabeza como software que nunca pude desinstalar.

El celular del cajón vibra de nuevo. Tres pulsos cortos. Es él.

Abro con la llavecita dorada que guardo en un sobre dentro de un libro de poesía que nadie abriría jamás —Pizarnik, demasiado triste para mis invitados—. La pantalla brilla en la oscuridad del cajón como un pez.

*«Confirmado. Mesa cinco, mañana. El chef estará en sala a las nueve y veinte. Tienes catorce minutos antes del segundo servicio. Después de eso, no te ve nadie.»*

Catorce minutos para gustarle a un hombre que, según el expediente, no le ha gustado nadie en tres años.

Me levanto. Camino descalza hasta el ventanal y miro la avenida Ámsterdam con sus jacarandas todavía sin florecer, los corredores nocturnos, las parejas que se besan en la esquina como si nadie los grabara. *Catorce minutos.* Sonrío al cristal para probar la sonrisa. La número tres: la que sugiere que ya te conozco de antes y me da gusto verte. La que mi madre llamaba «la trampa cariñosa».

Funciona.

Vuelvo al expediente. Bruno Lazarte, cuarenta y uno, chef-propietario de *Lazarte*, una estrella Michelin en su primer año mexicano. Antes: Lyon. Antes de Lyon: Nápoles, brevemente. El incendio de Lyon cerró el expediente francés con un párrafo aséptico —*siniestro, pérdida total, sin víctimas*— y abrió, en alguna oficina que no aparece en ningún directorio, otro expediente más interesante. Lavado de dinero con ruta puerto-restaurante-galería. Importaciones de vino que entran con un peso y se inventarian con otro. Socios cuyos nombres no se escriben en papel sino en deudas.

Y yo. Yo soy el vehículo.

Dos meses entrenando para esto. Aprendí a distinguir un Barolo joven de uno con guarda larga sin mirar la etiqueta. Memoricé la carta de su restaurante hasta saber qué platillo eliminó en marzo y por qué. Estudié los seis videos públicos donde sale hablando —siempre con las manos, siempre interrumpiéndose en italiano cuando se emociona, siempre con la mandíbula tensa cuando le preguntan por Francia—. Sé que su madre se llama Mariela y que él lleva al cuello una cadena fina que fue de su abuela napolitana. Sé que no fuma pero acepta cigarros para tener pretexto de salir al patio. Sé que prefiere a las mujeres que no le tienen miedo a la cocina abierta.

Voy a ser exactamente esa mujer.

Voy a entrar a su restaurante mañana, voy a pedir el menú largo, voy a probar cada plato como si fuera la primera vez que pruebo algo en mi vida, y cuando salga a saludar a las mesas —porque sale, lo hace cada noche entre el primer y el segundo servicio— voy a hacerle una sola pregunta sobre el vino que me sirvieron con el pichón. Una pregunta precisa. La pregunta que un sommelier le haría a otro sommelier.

Y él me va a mirar.

No como mira a las clientas. Como mira a alguien que podría entender lo que él entiende.

De ahí en adelante, lo demás se construye.

Entro al baño y abro el clóset de los vestidos. Paso los dedos por las perchas como quien elige un arma. El negro corta demasiado, el rojo grita, el blanco miente. Me detengo en uno color vino quemado, de seda lavada, manga larga, escote pequeño, abertura discreta hasta la rodilla. *Este.* El color de algo que él ya ha visto en una copa.

Me lo pruebo sin necesidad de probármelo —lo conozco de memoria—. En el espejo aparece una mujer que sabe lo que vale. Levanto la barbilla. Sonrío la número tres. Después, despacio, dejo caer la sonrisa hasta que solo queda mi cara real, esa que casi nadie ha visto, y por un instante la miro a los ojos y le digo, en voz muy baja:

—No te enamores.

La mujer del espejo no contesta. Buena chica.

Vuelvo a la mesa, cierro la laptop, ordeno los lápices de menor a mayor, apago las luces excepto la de la cocina. En la oscuridad teclo una sola línea en el celular del cajón antes de guardarlo:

*«Mañana entro. Dame dos semanas y estaré dentro de su cama o de su cabeza. Lo que sirva primero.»*

Apago la pantalla.

Duermo como duermen las niñas perfectas: boca arriba, manos sobre el pecho, sin arrugar la almohada.

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"Mañana entro. Dame dos semanas y estaré dentro de su cama o de su cabeza. Lo que sirva primero."

Capítulo 1 terminado

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