Capítulo 1
Último Compás
Rechazo a 5 Alfas
Hace 10 años, Elara fue adoptada por el Alfa de la manada Stormfang para unirse a uno de sus 5 hijos. Pero los hermanos la traicionaron por los engaños de Jenny, una maliciosa sirvienta omega. En su fiesta de 18 años, Elara decide no callar más: rechaza públicamente a los 5 hermanos y anuncia su compromiso con el misterioso y poderoso príncipe lycan, Xavier Lockhart. Cuando los hermanos descubren la verdad e intentan recuperarla, ya es muy tarde. Elara ha encontrado en Xavier a su verdadera pareja, rompiendo su maldición mortal y dejando el pasado atrás.
Ver la serieEl olor de mi padre todavía vivía en aquella casa, y eso me parecía la peor de sus injusticias.
Tabaco de pipa. Resina de violín. El jazmín que trepaba por el patio y que él nunca regó pero que floreció igual, terco, como todo lo que sobrevivía a su sombra. Habían pasado seis días desde el funeral —privado, austero, lleno de gente importante que lloraba por un genio que yo apenas reconocía como padre— y la casa del Albaicín seguía oliendo a Alonso Vidal como si solo se hubiera ausentado para fumar.
Me quité los zapatos en el zaguán. El suelo de barro andaluz estaba fresco bajo mis pies a pesar del calor de julio, ese calor seco que se pegaba a la nuca y convertía el aire en algo masticable. Por la ventana entreabierta, la Alhambra ardía rojiza sobre Sierra Nevada, indiferente. Todo en Granada seguía respirando. Solo él se había detenido.
El despacho estaba clausurado con una cinta de la Fundación. Cómo no. Mi tía Renata había sellado el genio de mi padre como quien precinta una cripta. Pero la llave seguía donde siempre, bajo el tiesto de albahaca seca, y la cinta cedió con un susurro casi obsceno en aquel silencio de museo.
Dentro, el polvo flotaba en la luz dorada del atardecer como notas suspendidas. Su escritorio. Su sillón de cuero gastado en la forma exacta de un hombre que nunca me hizo sitio a su lado. El piano de cola, mudo, cubierto con una sábana como un cadáver más.
No había vuelto a tocar una nota en cuatro años. Desde que abandoné el conservatorio convencida —no, *segura*— de que mi música era ruido junto a la suya. *Tienes oído, Elara*, me decía, *pero te falta lo que no se enseña.* Y se daba la vuelta hacia su piano, hacia su obra, hacia todo lo que importaba más que yo.
Ahora estaba muerto y yo seguía buscando su aprobación en el polvo de su despacho. Patético.
Entonces vi la carpeta.
No estaba en los archivadores ordenados ni en la caja fuerte que Renata había vaciado. Estaba sobre el atril del piano, fuera de lugar, como si alguien la hubiera dejado a propósito. De cuero rojo, agrietada. Sin etiqueta.
La abrí con dedos que ya temblaban antes de saber por qué.
Partituras. Decenas de ellas, en su caligrafía afilada de siempre, pero distintas. Inconclusas. Compases que se interrumpían a media frase, como una respiración cortada. Tachaduras furiosas. Anotaciones en los márgenes que no entendía: símbolos, fechas, una palabra repetida en mayúsculas que me erizó la piel.
*LA SOMBRA.*
Una y otra vez. *La Sombra*. Como si hubiera estado persiguiendo algo durante años y nunca lo hubiera atrapado.
Me senté en su sillón sin pensarlo, y el cuero exhaló su aire con el peso de mi cuerpo. Pasé las páginas. Había música ahí dentro —lo *sentía*, ese viejo cosquilleo que creía muerto, esa parte de mí que sabía leer una melodía como otros leen el miedo en una cara—. Tarareé un compás sin querer. Luego otro. Y la cosa creció en mi pecho, caliente, peligrosa, una corriente que subía desde el vientre hasta la garganta y me dejaba sin aire.
Dios. Hacía tanto que no sentía *esto*.
En la última página, suelto, había un papel distinto. Más reciente. La tinta no había amarilleado. Y la letra de mi padre, normalmente impecable, aquí temblaba, urgente, como escrita en la madrugada o en el último aliento:
*"Si Elara quiere entender la Sombra, que busque a Cian Velasco."*
Leí el nombre tres veces. Cuatro.
Cian Velasco.
No significaba nada para mí. Y sin embargo el corazón se me lanzó contra las costillas como si el nombre fuera una puerta que llevaba toda mi vida cerrada.
Mi padre nunca me había dejado nada. Ni una carta, ni un consejo, ni un *te quiero* dicho en voz alta. Y ahora, desde la otra orilla, me tendía esto: una obra sin terminar y un desconocido.
¿Por qué a mí? Yo era la hija que renunció. La que evadía. La que se escondía en trabajos cómodos y relaciones tibias para no tener que mirar de frente lo única que se me daba bien y que él me había convencido de que no valía nada.
—¿Por qué *yo*? —le pregunté al despacho vacío, y mi voz sonó pequeña, infantil, ridícula entre tanto silencio veneradо.
Nadie respondió. Solo el zumbido de las chicharras al otro lado de la ventana y, muy lejos, en el Sacromonte, el lamento de un cante hondo que se colaba entre los cármenes como un fantasma.
Pasé el pulgar sobre el nombre. *Cian Velasco.* La tinta se corrió apenas bajo mi piel sudada.
Debería cerrar la carpeta. Llamar a Renata. Entregarlo todo a la Fundación y volver a Madrid, a mi vida apagada y segura donde nadie esperaba grandeza de mí porque nadie esperaba *nada*.
Eso debería hacer.
Pero entonces volví a tararear el compás interrumpido, y mi propia voz encontró sola la nota que mi padre había dejado en blanco. La nota *correcta*. La que él buscaba y nunca escribió.
Me quedé helada.
Porque esa nota no estaba en la partitura. No la había leído en ninguna parte.
La había sabido.
Fue entonces, con el sol muriendo rojo sobre la Alhambra y el sudor pegándome el vestido a la espalda, cuando saqué el móvil con las manos torpes y busqué el nombre. No esperaba encontrar nada.
Lo encontré.
Y lo primero que apareció en la pantalla, en un titular de hacía años que alguien jamás había logrado borrar del todo, me cortó la respiración de golpe:
*Incendio en el Teatro Santa Lucía: una joven violinista muerta. El músico Cian Velasco, único superviviente, se niega a declarar.*
"El nombre que su padre le legó desde la tumba pertenece al único superviviente de un incendio mortal —y a la melodía que Elara acaba de completar sin haberla leído jamás."
Capítulo 1 terminado
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