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Su Ley de Arena

Su Ley de Arena

¿Qué haces cuando tu dueño es también tu perdición?

Romance ÁrabeAudiobook69 capítulos
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Sinopsis

Mi padre me firmó como se firma un cheque: con prisa, sin mirarme a los ojos, en un contrato que pesa más que mi nombre. Llegué a Dar Al-Sahra envuelta en seda y rabia, convertida en pago de una deuda que nunca fue mía, jurándome que ningún hombre volvería a decidir si yo era persona o propiedad.

Karim Al-Rashid no grita. No necesita. Mide casi dos metros de quietud calculada, huele a oud quemado y a cuchillo recién afilado, y tiene ojos de ámbar oscuro que no parpadean cuando me leen como si ya supiera el color exacto de mis heridas. Hace girar un anillo de ónix en el meñique cada vez que contiene la rabia, y bajo esa máscara de rey impecable late algo que él esconde con más miedo del que jamás admitirá: un niño de seis años, una sirvienta asesinada y una tumba sin lápida en el ala este del palacio que podría hundir su imperio en una sola frase.

Él me quiere quieta, callada, suya. Pero yo no le tengo miedo —y eso lo desarma más que cualquier amenaza—. Cada regla que me impone es una cadena que él mismo lleva primero: controla porque le aterra que la verdad lo desnude, y me encierra porque soy la primera persona que lo ve sin la corona. Amarlo sería rendirme al hombre que me convirtió en mercancía. Odiarlo sería negar que solo sus manos saben tocar a la mujer rota que hay debajo, esa que aprende, noche tras noche, a negociar su deseo en lugar de mendigar su libertad.

Hay rivales afilando cuchillos por su trono y un contrato que nos ata como una soga al cuello de los dos. Si Karim cae, caigo con él. Si me elige a mí en lugar de a su silencio, perderá el imperio que construyó sobre la tumba de su madre… y yo perderé al único monstruo que me enseñó que todavía sé arder.

Ambientación

Dar Al-Sahra — un palacio-fortaleza del siglo XVII excavado en los acantilados de roca caliza de Jebel Akhdar, en las montañas del interior de Omán. Pasillos laberínticos de piedra fresca con arcos tallados a mano, patios interiores con fuentes de agua que caen en silencio, jardines cerrados donde crecen rosas del desierto entre la roca. El ala este está prohibida. Desde las terrazas superiores se ve un mar infinito de dunas doradas donde no llega ninguna carretera. La señal de celular no existe. El pueblo más cercano está a tres horas en todoterreno. El lujo es obsceno — seda, oro, incienso quemándose día y noche — pero la belleza no disimula la jaula.

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