

Él sabía mi nombre antes de que yo supiera su rostro.
Tres gardenias blancas en mi puerta del taller. La cuarta apareció sobre el cuerpo de la mujer que flotaba en el Naviglio Grande.
Renato Visconti huele a enebro quemado y a monedas viejas, y mira como si parpadear fuera una debilidad que su sangre no se permite. Heredero de la destilería más antigua de Lombardía, mandíbula tallada a hachazos, una cicatriz fina partiéndole el labio como una promesa rota. Habla en cuatro palabras lo que otros tartamudean en cuarenta, y cada una me ancla al suelo. Hay una habitación cerrada en su villa de Inverigo donde existe otra versión de mí —mapas de mis rutas, fotos tomadas desde ventanas que yo jamás vi abrirse— porque a Renato le enseñaron de niño que amar es vigilar, y que perder a una mujer dos veces no entra en sus cálculos.
Yo crecí siendo el pegamento de una familia rota, tragándome el hambre y la rabia para que otros tuvieran paz; aprendí que se me quiere a cambio de que me borre. Por eso restauro frescos del siglo XII en Sant'Ambrogio: porque sé reparar todo menos a mí misma. Renato es el primer hombre que no me pide que me reduzca —me pide que exista, aunque sea encerrada bajo su mirada—, y ese reconocimiento me desarma más que su obsesión. Pero mientras la policía une gardenias, pagos sucios y una amante anterior que terminó en el fondo del canal, entiendo que alguien dentro del imperio Visconti está dispuesto a ahogarme a mí también para enterrar la verdad. Y que la única forma de salir viva no es callarme una vez más: es aprender, por fin, a pedir.
Él tendrá que elegir entre poseerme o soltarme lo suficiente para protegerme de verdad. Yo tendré que elegir entre seguir pagando por ser amada, o arder con él hasta que no quede nada que mendigar.
Milán, Italia — específicamente el triángulo entre la Basílica de Sant'Ambrogio (donde Lía restaura frescos del siglo XII), los canales del Naviglio Grande (donde la vida nocturna esconde secretos en el agua negra) y la villa Visconti en Inverigo, Brianza — una casona del XVIII rodeada de enebros y alambiques de cobre donde Renato destila ginebra artesanal y obsesión en igual medida. Atmósfera: niebla lombarda, piedra húmeda, olor a pigmento mineral y botánicos macerados.