

Lo destruí a propósito. Y volvería a hacerlo.
Falsifiqué nuestro amor para no morir de hambre, y el día que se fue le dije que nunca había sido real. Era mentira. Era la única verdad que había tenido en mi vida.
Siete años después, Dante Ferrara vuelve a Ravello con la mandíbula más dura y una cicatriz nueva bajo el mentón. Huele a sal, a limón amargo, a madera quemada en algún incendio que nadie me contó. Habla poco, arrastrando las vocales del sur como si cada palabra fuera una bala que prefiere no disparar. No me toca. No me grita. Me mira con esa quietud animal de quien lleva años midiendo el segundo exacto para destruir algo — y yo, que crecí calculando afectos para que no me abandonaran, reconozco a otro depredador disciplinado por el miedo.
Un testamento nos encadena en matrimonio para salvar el palazzo sobre los acantilados. Lo que él no sabe es que aprendí a fingir amor antes que a leer; lo que yo no sé es que la fundación Ferrara es la lavandería de la Camorra, y que Dante lleva siete años desmantelándola desde dentro, en silencio, porque una palabra mal puesta mata a quien ama. Cada mentira que tejí para sobrevivir es ahora un hilo que el clan puede tirar. Y él, el único hombre que podría desenmascararme, es también el único que entendería por qué lo hice.
Puedo salvar el palazzo entregando mi verdad y hundiendo su apellido. Puedo salvarlo a él callándome, y perder para siempre la única cosa que nunca supe inventar.
Su nombre en mi boca.
Ravello, costa amalfitana — un palazzo del siglo XVII encaramado sobre acantilados de roca volcánica, con frescos renacentistas deteriorados, jardines de limoneros que caen hacia el Tirreno, y un pueblo donde todos saben todo menos lo que pasa dentro de las paredes del palazzo. Verano. El calor húmedo pega la ropa al cuerpo y los temporales del Mediterráneo llegan sin aviso, encerrando a los personajes juntos durante noches enteras.