

Me curó las manos el mismo hombre que incendió mi mundo.
Veintisiete. Esa es la cantidad de veces que froté mis manos contra el adobe esta semana, hasta que la piel se abrió y el recuerdo de mi madre ahogándose en el Mapocho dejó de respirar dentro de mí. Sangrar es más limpio que sentir. Sangrar nunca me ha abandonado.
Tomás Irarrazával entró al lazareto con el edicto de la Corona clavado al pecho y un tajo blanco cruzándole la mandíbula hasta la oreja. Cirujano desterrado, manos enormes y tibias de yodo, ojos de miel quemada que no parpadean cuando deberían. Huele a láudano, a romero, a algo metálico que no quiero nombrar. Madrid lo escupió por abrir cuerpos que la Iglesia había sellado —y porque una de esas monjas, dicen, todavía respiraba bajo su bisturí. Carga esa culpa como un segundo oficio. Y mira mis manos vendadas como si reconociera el idioma exacto en que me destruyo.
Cuarenta días encerrados tras portones encadenados, veintitrés cuerpos respirando vinagre y azufre, y un Visitador Real husmeando entre los naranjos agrios buscando la cabeza de Tomás. Hay un diario de monja escondido en esta hacienda, cartas que pueden exonerarlo o colgarlo, y un capitán dispuesto a dejar que la viruela nos coma a todos antes que dejar hablar al adobe. Pero el verdadero peligro es él vendándome los nudillos sin temblar, susurrándome que la perfección también es una forma de cortarse. Él, que expía con sacrificio. Yo, que respiro para no existir. Dos rotos midiéndose en la oscuridad, sabiendo que mostrarse las heridas es la única cura —y la única condena.
Si lo dejo verme entera, abandono la única promesa que me ha mantenido viva desde niña. Si no lo dejo, el plomo de esta crisálida nos enterrará a los dos antes del amanecer cuarenta.
Hacienda Lo Contador, valle del Mapocho, Capitanía General de Chile, 1782. Una casona colonial de adobe y teja aislada entre cerros secos y acequias, convertida en lazareto de cuarentena durante un brote de viruela. Muros de tres metros, portones clausurados con cadenas por orden del Gobernador, patios interiores con naranjos agrios y un aljibe central donde el agua sabe a cobre. Cuarenta días de encierro obligatorio. Veintitrés confinados: funcionarios menores, religiosas, artesanos, una restauradora de arte y un cirujano militar. El calor de diciembre aplasta el adobe y el olor a vinagre y azufre que usan para fumigar lo impregna todo. De noche, los cerros son tan negros que el cielo parece caerse.