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Nudo de Espinas

Nudo de Espinas

De día rezo. De noche, él me hace suplicar.

Romance Sobrenatural20 capítulos
#captive captor#dark romance sobrenatural#possessive hero#touch her and die#morally grey heroine#slow burn#he falls first
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Sinopsis

Hay dos bocas dentro de mí: la que reza en la parroquia franciscana y la que muerde en sueños. Mi madre cosió la segunda antes de morir y me hizo jurar que nadie la vería jamás, porque una mujer entera —decía— es una mujer devorada.

Ezra Montiel no abre puertas: las clausura con el peso de seis siglos. Mandíbula de piedra volcánica, una cicatriz fina bajándole del pómulo como un rezo en otomí, ojos de ámbar imposible que se oscurecen a marrón seco cuando miente y cuando me desea. Huele a copal y a piedra mojada, habla castellano como si fuera el último de cinco idiomas extintos, y bajo su voz late algo anterior al nombre de Dios. Me prohíbe tocarlo. Me prohíbe mostrarme. Y en el caserón de cantera rosa donde me encierra —un convento de muros de metro y medio, naranjo seco en el patio, un sótano que desciende más de lo que la arquitectura permite— la mitad que escondí durante veinte años por fin se atreve a respirar.

Me trajo aquí porque mi dualidad es la única cerradura capaz de sellar el portal que late bajo Villa Serena, mientras una orden colonial perfora la sierra para abrirlo de par en par. Me necesita completa: la dócil y la voraz, la santa y el mordisco. Pero cada guardiana que eligió antes terminó consumida, y por eso aprendió que el control es lo único que lo separa de aquello que custodia. Yo aprendí que mostrarme entera es morir. Él tendrá que soltar las riendas para no perderme; yo tendré que dejarme ver para no perderme a mí. Y solo uno de los dos miedos cabe en este sótano.

No le temo al portal que ruge bajo mis pies. Le temo al instante en que Ezra mire mis dos bocas a la vez —y elija cerrarme, otra vez, para salvarme.

Ambientación

Villa Serena, un pueblo ficticio enclavado en la Sierra Gorda de Querétaro, México. Calles empedradas, una parroquia franciscana del siglo XVII con frescos descascarados, niebla permanente que baja de la sierra al anochecer. El caserón de cantera rosa donde Ezra la encierra fue un convento de clausura reconvertido: muros de metro y medio de grosor, un patio interior con un naranjo seco y un sótano que desciende más niveles de los que la arquitectura colonial permitiría. Debajo del último nivel, el portal late como un segundo corazón del pueblo. La atmósfera mezcla el catolicismo barroco mexicano con lo prehispánico que nunca se fue del todo: altares a la Virgen junto a ofrendas de copal, rezos en latín que se cruzan con el otomí que aún hablan los viejos del mercado.

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