

Él me vigila. Yo lo dejo creer que no lo sé.
Hay una pared de pantallas en un penthouse de Puerto Madero donde mi cara aparece en catorce ángulos distintos, y la única que sabe que esa mujer también es falsificada soy yo.
Elián Cortázar no me siguió por la prueba que guardo cosida al forro de un cuadro en San Telmo. Me siguió porque me vio desmontar a un ministro con tres frases en una gala, y reconoció el mismo hueco que él lleva tapiado desde los diecinueve, desde el muerto que su padre encargó y que él aprendió a no llorar. Tiene mandíbula de filo, manos que tamborilean cifras sobre el cristal, ojos ámbar que no se dilatan ni cuando me acorrala contra el ventanal sobre el río. Huele a cuero, a pólvora vieja y a un cítrico amargo que se me queda pegado a la lengua. Lo odio porque me mira. Lo odio más porque, debajo de la mirada, me sostiene.
La niña que crecí —la que una madre adoptiva entregó a cambio de un techo— aprendió que el amor es una transacción y que la verdad sólo sirve afilada. Por eso falsifiqué la prueba que hunde a su apellido en una masacre que el sindicato ahora quiere recuperar a sangre. Vine a quemar Cortázar Defensa con una mentira impecable, y en cambio descubrí que el único hombre del continente entrenado para no confiar empezó a soltar el control para protegerme, a respirar como si yo fuera la primera persona que le devolvió el miedo —y con él, las ganas de quedarse despierto.
Puedo desaparecer mañana con una identidad nueva y dejar que el río se lleve sus pantallas, su imperio y su nombre. O puedo dejar que me vea entera, sin guion, sin máscara, y descubrir si lo que él llama obsesión es la primera casa que no me vende.
Buenos Aires contemporáneo — específicamente el corredor Puerto Madero-Recoleta. Penthouse de cristal en la Torre Cortázar con vista al Río de la Plata donde las pantallas de vigilancia cubren una pared entera. Galerías de arte clandestinas en San Telmo donde Isadora mueve sus piezas. Restaurantes privados sin nombre en Palermo donde los acuerdos se cierran con whisky y amenazas. La niebla del río en invierno como presencia constante — la ciudad como un tablero de ajedrez donde ambos mueven fichas creyendo que controlan la partida.