

Fingir amor con un fantasma fue mi peor decisión.
Mi madre murió un martes a las tres y diecisiete de la tarde, y yo seguí sonriendo hasta que las enfermeras se fueron, porque una niña que llora en voz alta es una niña a la que después no le creen cuando dice que algo está podrido. Diez años después, sigo sonriendo en las galas de Cartagena mientras mi fundación se desangra y nadie ve que las cenizas me suben hasta los dientes.
Lo presentaron como inversionista carioca, pero a Sebastián Orive le cambia el acento entre un canapé y otro —bogotano, farsi, portugués— como si cada idioma fuera una capa de piel sobre una herida que ya no recuerda de quién es. Mandíbula que muta con el alias, ojos gris ceniza que me catalogan como amenaza antes que como mujer, y una cicatriz diagonal que se hunde bajo la seda negra hacia un cuerpo entrenado para no dejarse tocar. Huele a cuero y pólvora vieja. Lleva quince años sin pronunciar su propio nombre, y la primera vez que me habla deja de modular la voz, como si yo fuera el único error táctico que se permite cometer.
Nuestro noviazgo es un guion firmado entre lanchas blindadas y villas de las Islas del Rosario: yo le presto mi apellido luminoso para infiltrarse en la red diplomática que lava dinero entre cumbias y champán; él me promete los nombres detrás de las transferencias que vaciaron la fundación de mi madre. Lo que no pactamos es que esas mismas cuentas fantasma firmaron su sentencia en oncología, ni que el traidor que la dejó morir todavía respira en estas galas mirándome a los ojos. Solo Sebastián ve la rabia que llevo cosida bajo la sonrisa de heredera bien educada. Solo yo puedo exigirle que se nombre antes de tocarme.
Me jura que el silencio nos mantendrá vivos, que mientras él no exista nadie podrá venir a buscarme. Pero entre las buganvillas y el amanecer caribeño me susurra el nombre que llevo enterrado desde los quince, y entiendo demasiado tarde que voy a perder mi máscara antes de saber si él se atreve a tener una cara.
Cartagena de Indias, Colombia — entre la ciudad amurallada colonial con sus balcones de buganvillas y callejones de piedra húmeda, y una villa blindada en las Islas del Rosario donde la élite diplomática latinoamericana celebra una temporada de galas benéficas que encubren transacciones ilegales. Calor caribeño sofocante, noches de cumbia filtrada entre muros de cuatrocientos años, lanchas rápidas cortando agua negra al amanecer.