

Él investiga mi sangre. Yo investigo sus mentiras.
Tengo treinta y dos cicatrices que nadie contó y una placa de la Fiscalía preguntando por la número treinta y tres. En la Independencia se sobrevive callada: no rezas, no lloras, no firmas declaraciones. Y, sobre todo, no dejas que un hombre con expediente y bolígrafo te mire dos veces seguidas.
Santiago Revuelta entra a la sala de interrogatorio oliendo a Jim Beam y a café requemado, con la corbata floja y los nudillos reventados de quien lleva quince años escarbando muertos en Monterrey. Ojos verde botella rota, ojeras que le comen la cara, voz lenta como sentencia. No me interroga: me lee. Y bajo esa cicatriz fina del mentón intuyo el peso que carga —un cadáver propio, autorizado hace seis años con su firma, enterrado bajo cinta amarilla. El mismo cadáver, descubro, que tiene mi nombre cosido al expediente.
Su mentira sostiene mi infierno. La red que protegía a mi exmarido respiró tranquila gracias a una ejecución que él avaló para no manchar más placas. Confiarle mi cuerpo es entregarle el filo con el que aprendí a no gritar; dejarme tocar es admitir que las grietas también son puertas. Pero Santiago es el único que mira al animal herido dentro de mí sin levantar el arma, el único cuya culpa pesa lo mismo que mi miedo. Para salvarme tendrá que confesar y arder con su carrera. Para salvarlo tendré que hacer lo único que juré no volver a hacer: creerle a la mano que firmó mi condena.
En Monterrey, a cuarenta grados, dos rotos no se curan: se prenden. Y el humo ya huele a expediente abierto, a placa quemada, a la última versión de mí que todavía sabía vivir sola.
Monterrey, Nuevo León, México — entre la Fiscalía General de Justicia (pasillos de neón frío, salas de interrogatorio con espejo falso, archivos sellados con cinta amarilla), los barrios bravos de la colonia Independencia donde Irene creció y sobrevivió, y un departamento en el último piso de un edificio brutalista en el centro donde Santiago no duerme. Calor de cuarenta grados, cerros pelones al fondo, narcoviolencia como ruido blanco. La ciudad es un personaje: peligrosa, leal a nadie, hermosa solo si sabes dónde mirar.