

Vine a destruirlo. Él ya estaba muerto.
Mi madre ardió en un círculo de tiza que aún no sé si dibujé yo, y desde entonces aprendí a sonreír sin temblar, a besar sin sentir, a planear una venganza tan limpia que ni mis propias manos noten la sangre.
Damián Luján huele a tabaco negro, a tierra mojada de cementerio y a interrogatorio. Detective del Ministerio, medio nigromante, capaz de arrancarles la última palabra a los muertos a cambio de un recuerdo suyo. Lleva quince años olvidándose a sí mismo: ya no sabe el rostro de su hija, ni si alguna vez fue bueno. Sus ojos grises me leen como un expediente abierto, y odio que sea lo único que en seis años ha conseguido que mi pulso falle.
Lo necesito. Su placa, su acceso, su don maldito para hablar con mi madre muerta y arrancarle al Aquelarre de Sangre Vieja la última página del grimorio que la calcinó. Lo seduzco, lo manipulo, le sirvo verdades a medias en copas de whisky barato en La Ceniza. Pero Damián insiste en mirar detrás de mi máscara, y cada noche que pasa entre sus manos rotas me cuesta más recordar por qué fingía. Él quema memorias para encontrar la verdad; yo construí una identidad entera para esconderla. Si me deja entrar, perderá lo poco que le queda de sí mismo. Si lo dejo entrar, perderé el plan que me ha mantenido viva.
La última página del grimorio no nombra a sus asesinos. Me nombra a mí. Y cuando Damián la lea, tendrá que elegir entre olvidarme para salvarme, o recordarme para condenarnos a los dos.
Ciudad Quemada — una megalópolis latinoamericana ficticia donde el mundo sobrenatural opera como infraestructura paralela: aquelarres registrados como gremios, nigromantes con licencia estatal, y un Ministerio de Asuntos Liminales que regula los crímenes entre vivos y muertos. La trama transcurre entre el Distrito del Velo (barrio gótico colonial con casonas donde los aquelarres celebran sus liturgias), la morgue liminal del Ministerio (subterráneo húmedo donde Damián interroga ecos), y La Ceniza — un bar clandestino en una iglesia desacralizada donde brujas, detectives y fantasmas comparten barra. Atmósfera: neblina constante, farolas de gas mezcladas con neón, lluvias ácidas que huelen a azufre y gardenia.