

Algunos legados, arden hasta quemar.
Mi padre me dejó dos cosas al morir: un apellido demasiado grande para mi voz y una promesa que me obligó a entregársela al único hombre que podía terminarla.
Cian Velasco no se parecía a los fantasmas con los que crecí. Era peor. Manos largas marcadas por las cuerdas, tatuajes que parecían versos sin permiso, ojos que habían visto algo tan oscuro que se negaba a tocar a nadie por miedo a romperlo. Encerrado en una cueva del Sacromonte, componía como quien expía un pecado, y yo —que llevaba toda la vida escondida detrás de los libros y del genio de mi padre— no debí desear que esa culpa suya me mirara así.
Granada nos encerró entre muros de jazmín y patios donde el tiempo no avanzaba. Allí descubrí que las partituras inacabadas de mi padre escondían un secreto que ataba a Cian a mi historia mucho antes de que yo supiera mi propio nombre. Él creía que su amor destruía todo lo que tocaba; yo creía que mi voz no merecía ser escuchada. Y sin embargo, cada noche, en ese estudio que olía a madera vieja, él me arrancaba notas que ni mi padre había sabido oír, y yo le devolvía la única cosa que llevaba años negándose: la posibilidad de ser perdonado.
Terminar esa sinfonía nos hará libres o nos enterrará bajo el legado que ninguno de los dos pidió cargar. Lo que más me aterra ya no es perderlo a él. Es perder, por fin, la voz que acabo de encontrar en sus manos.
Granada, España — entre las callejuelas estrechas del Albaicín donde el jazmín florece sobre muros encalados y el eco de un duende flamenco se cuela en las noches de verano; los patios interiores de un antiguo carmen con vistas a la Alhambra, donde el tiempo parece detenerse; y un estudio de música insonorizado en una cueva del Sacromonte, con luz tenue y olor a madera vieja y cuerdas de guitarra. El calor seco de Andalucía que pega la ropa a la piel, los atardeceres rojizos sobre Sierra Nevada y la atmósfera de una ciudad que vive entre la herencia morisca y la pasión gitana. Una sensación de encierro hermoso, donde cada esquina guarda un secreto antiguo.